Elaine Vilar Madruga, escritora/author

pensamiento

Los que están

Escrito por ElaineVilarMadruga 23-12-2014 en Pensamiento. Comentarios (0)

                                                                                                      Los que están

                                                                                                  Elaine Vilar Madruga

En el cuello lleva una bandera cubana, sostenida apenas por un cordón negro que parece haber sobrevivido a una película de post-apocalipsis. Roto, desgarrado, guarda el efecto de las cosas viejas que se niegan a desprenderse de nosotros por más que lo intentemos. Ella ha aprendido a amar aquel cordón. Nunca se despojaría de él. Así que lo tolera en su condición de objeto viejo y aprieta la bandera entre sus manos cada vez que monta en el avión. Tiene 26 años y usar la bandera cubana como collar es su manera de gritarle al mundo y la distancia. Hace una década que dejó la Isla con la esperanza de encontrar otro camino —mejor o peor, ya no lo sabe— en algún lugar.

Como otros tantos jóvenes cubanos, guarda miles de excusas. Se niega a olvidar el español o confundirlo con una jerga chapurreada a medio camino entre el spanglish y los galimatías del nuevo lenguaje que las redes sociales han preconizado. Es mi mejor amiga. Es casi mi hermana. La he visto partir tantas veces que ya el recuerdo de todas las despedidas se ha convertido en una mole sin forma: brazos que se agitan, manos que se aprietan, cuerpos que se niegan a despegarse, salones y check-in de equipajes, nieve, calor, gente que grita. En todos sus viajes de ida y vuelta, la bandera cubana la ha acompañado. Cuba sigue en su cuello. Se niega a caer.

A veces, incluso, mi amiga tiene el suficiente humor para reírse de los dos pasaportes que la obligan a portar, de los kilogramos de misceláneas que carga con una habilidad a medio camino entre la de campeona olímpica en levantamiento de pesas y la de equilibrista. Sus maletas son caóticas. Coloca dentro de ellas todo un año de distancia. Lo camufla dentro de los frascos de tinte de pelo rubio cobrizo para mamá, zapatos del 37 y medio para la hermana, maquinitas de afeitar, crema y camisetas para abuelo y papi, el libro para Elaine, el dragón en miniatura, los lastres de pacotilla que se van sembrando en el fondo de la maleta como un árbol de raíces invertidas.

También a veces se queja del dolor de estar y no estar. De las llamadas que se cortan siempre en el mejor momento y que luego no pueden retomarse porque no existe crédito. De las recargas dobles a fin de mes. De lo que no alcanza. De lo que pierde. De la graduación de su hermana que jamás volverá a repetirse para ella a pesar de las fotos que capturan la imagen inmóvil del momento. De los amigos que conoce pero no, porque el tiempo pasa y la gente cambia tan rápidamente. De los fatuos correos el fin de semana –“es el único momento en que puedo escribir”, me confiesa, “el resto del tiempo es solo trabajo, trabajo y más trabajo”— que gritan entre líneas la soledad, el deseo de volver, el miedo de volver, porque el retorno es incluso más difícil que la partida.

“Trabajo, trabajo y más trabajo”… y entonces, una semana al año, se permite el lujo de viajar a su país —“mi país”, dice, “porque Cuba siempre va a ser mi casa”. Se monta en los almendrones y los P5 con más habilidad que yo. Empuja. Corre. Hace las colas con una energía que a mí me resulta dolorosa para después saborear su ensalada de helado y el corte del viento en el Malecón. Y, sobre todo, me pide: “Cuéntame cada cosa que pasó cuando estaba lejos”, y yo trato entonces de resumir un año a una semana. Los amigos casados. ¿Recuerdas a fulanita? Ahora tiene un bebé. Y ni te digo de X, se fue del país.

Se sorprende siempre cuando le digo de alguien que también se ha ido. Como si no se acostumbrara a escucharlo. Y yo, como si no me acostumbrara a decirlo. Luego reímos. Reímos de cualquier cosa porque esa es la única manera de morder el miedo a los días que se van tan pronto. Cantamos melodías de Disney y la balada de Elpidio Valdés. Hablamos de arte. De mi arte. De su carrera. Del perro que tendrá algún día, cuando sea menos el trabajo y más el tiempo, más el dinero.

La ilusión no mata a nadie.

En ocasiones, muy pocas en verdad, me habla de su añoranza. En un tema doloroso para ambas. Y lo será siempre. Así que lo evitamos. Cuando ya es imposible, cuando la palabra quiere explotar en jirones de dolor, veo que aprieta entre sus dedos la banderita cubana que lleva en el cuello. Entonces trago en seco. Y ella me imita, y comenzamos a hablar con la esperanza de que llegue pronto el silencio.

La ilusión no mata a nadie.

Me pregunta por Cuba. La Isla nunca ha llegado a serle ajena porque el rizoma del país forma parte del ADN de todos aquellos que se han ido. Es mi turno de hablar. Mi mejor amiga escucha las noticias con un año de retraso…

… un año de retraso en la ilusión de un ser humano ciertamente no lo mata, aunque duela… y cómo.

Mi mejor amiga es el reflejo, mil veces repetido, de tantos jóvenes cubanos que han optado por buscar un nuevo camino de vida lejos de la Isla. Son los muchachos que todos hemos conocido. El hermano. El primo. El socio. El niño que conociste en la primaria y que fue tu primer beso de amor. La muchachita que saltaba suiza y jugaba al pon con una de esas habilidades irrepetibles, de las que no se ven dos veces. Son los hijos de una generación que abraza a Cuba con la mejor de sus esperanzas. Son los nietos de aquellos que revolucionaron el panorama de una época. Son los novios y las novias que se abrazan una vez al año. Los hermanos y las hermanas que desafían la telefonía móvil y se escriben SMS más de diez veces al día. Son los cubanos que nunca se irán del todo, porque un país es más que tierra. Son los que vuelven y volverán. El llamado de la Isla es poderoso y siempre clama por retorno. Son aquellos que, en cualquier país del mundo, se abrazan sin tabúes o vergüenza al contacto físico cuando encuentran a otro cubano en la calle —extraño o no, recién conocido o amigo de toda la vida—, para luego conversar sobre aquellos muñequitos rusos, y aquellos televisores Caribe, y el himno a las 8 de la mañana, y las escalinatas de la UH, y Varadero, y La Habana, y Santiago, y las Villas y cada porción del territorio que todavía continúa siendo casa, espada, tutela, hogar.

Hablan de Cuba sin el rencor de la partida, como algo natural que se desprende del camino que la vida toma. Muchos de ellos portan una bandera colgada en el cuello, o en los pulóveres y camisetas, o en tatuajes que extienden sobre la piel como una nueva cartografía de la esperanza. Son, también, los jóvenes cubanos que muchas estadísticas olvidan… o ignoran… o dejan pasar pero que, de alguna manera, siempre están presentes como parte de un inconsciente/consciente colectivo. Porque, ¿acaso tú puedes olvidar al muchacho de los espejuelitos, al mejor en las matemáticas, al que te prestaba siempre la goma de borrar?, ¿acaso no recuerdas a tu mejor amigo?, ¿a la niña a la que susurraste un primer poema de amor?

Escribo este artículo y pienso en lo peligroso de la desmemoria. Porque sí, es relativamente simple olvidar a aquellos que ahorran todo un año para compartir una horas que ni siquiera cubren las expectativas de tanto tiempo. Uno puede hacer cosas semejantes. Uno puede tener esa ilusión. La ilusión nunca ha matado a nadie, que yo sepa. Escribo este artículo y, a la vez, reviso mi muro en Facebook, mi bandeja de entrada en Gmail, la correspondencia regular que se acumula en la virtualidad ridícula de un espacio nombrado bandeja de entrada o bandeja de salida. Allí están los correos de mis amigos. Intercambiados durante años. Con preguntas. Con discusiones. Con añoranzas. Con deseos de volver. Con imposibilidades. Con planes de vacaciones. De cosas que nunca vamos a realizar. Con sueños que ya hemos cumplido. También están ahí los mensajes de mi amiga, de la muchacha que lleva mi bandera/su bandera en el cuello, esa que se va y retorna mil veces, la joven equilibrista, la que cuenta los kilogramos y sonríe, la que llora en el muro del Malecón, la que mira hacia el mar con los ojos abiertos, bien abiertos, y me aprieta la mano como siempre.

Ella es parte de esa juventud cubana que acumula sus sueños en las bandejas de entrada y salida de nuestros buzones de correo. Son esos otros, presentes o no, que siempre formarán parte de Cuba, de ese concepto que atraviesa las palabras Patria y casa, para convertirse en lo inefable, lo indefinido, que convierte en milagro al barro.

24 de noviembre de 2014


PARA VIAJEROS (III)

Escrito por ElaineVilarMadruga 01-12-2014 en Pensamiento. Comentarios (0)

Para viajeros (III)


De vuelta a casa. Te acostumbras a las cosas que no veías. A la sonrisa de los amigos. A los abrazos siempre demasiado apretados. Riegas las maletas por el suelo y piensas que mañana dios proveerá porque siempre ha sido así. Pero no tienes fe, y no crees, y no piensas. Cargo, luego existo. Compro, luego existo. Viajo, luego existo. A eso se ha limitado todo.

¿A eso se ha limitado todo?

Mañana —lo sabes—volverá a ser un día cualquiera.

Las luces de tu país se apagan. No se apagan. Vas caminando por las calles y extrañas cosas… las más ridículas… las inocentes cosas del cotidiano. Sufres por no saber. O por saber. Y eso da igual, porque al fin y al cabo —piensas—dios proveerá como ha hecho cada día de tu vida.

Piensas en el concepto de catarsis. Escribes en tu blog. El Internet se te hace cada vez más difícil. Te despides del Facebook y el Skype. Te despides del Gmail, pan nuestro de cada mañana y vuelves a lo cotidiano irreversible, la condición del agua por todos lados… a eso que conoces.

Bueno, también piensas… por supuesto.

Llevas una semana en tu tierra. Estás sentada en el Malecón. Pero no miras hacia el mar sino hacia tierra adentro.

El mar crece de este lado de la tierra.

Pero no, no vas a ahogarte.

Aprendes a nadar.

Algún día aprenderás a nadar.

Dios ayuda a los cobardes y los niños.

Dios ayuda a los escritores.

Dios ayuda a quienes escriben en blogs.

Eso es un consuelo.


30 de noviembre del 2014.


Para viajeros (II)

Escrito por ElaineVilarMadruga 17-11-2014 en Pensamiento. Comentarios (0)

No podía irme sin ver la nieve. Es la segunda vez que la imagino. Es la segunda vez que la conozco. Ayer, en la calle, el asombro blanco cayó sobre mi cabeza y pronto ya no importó sentirme ajena, extranjera, mujer de otro país. Importaban las historias de mi infancia, el muñeco de nieve que nunca hice, el paseo en trineo, el árbol de navidad que en casa siempre se camuflaba con algodón de la farmacia y sueños de mi madre. 

En mi país, la nieve no importa. Existen otras cosas, otros mundos. Una manera distinta de mirar el sol. Ni mejor, ni peor. Simplemente diferente.

Ahora, bajo la nieve, extraño también el calor de Cuba.

Y me pregunto si los niños de acá soñarán con un sol distinto, más fuerte, más vivo... el sol de las playas que aún no conocen.