Elaine Vilar Madruga, escritora/author

Literatura y promoción

Un cuento de mi libro "Dime, bruja que destellas..."

Escrito por ElaineVilarMadruga 07-11-2014 en Escritos para compartir. Comentarios (0)

                          Aunque tarde cien años...

                            Elaine Vilar Madruga


El año Dume

(Este es el año de la buena comida y fuego,

de la caza de las Serpientes del Cielo

y las canciones del bardo Piráldires.)

Era el año Dume, y todo parecía indicar que sería favorable para ovejas y semillas. Nadie sufriría de hambre, y cuando llegara la primera zeilda del invierno cada una de las criaturas del reino tendría ante el fuego una sábana de lana caliente y un cuezo de trigo. Los dioses habían sido extraordinariamente benévolos con el reino de Costa Norte. Por eso, el año Dume pasaría a la historia marcado por la abundancia y la felicidad de su pueblo.

Pero, si se piensa bien… ¿Felicidad? ¿Para todos?

Iyala no pensaba lo mismo. Para ella, el año Dume había sido una larga época de danzas, reverencias y sonrisas cuando algún caballero andante aparecía ante las murallas del castillo y le ofrecía una cabeza de dragón todavía ensangrentada. Iyala odiaba la costumbre local de asesinar a las Serpientes del Cielo casi tanto como la ancestral tradición de que toda princesa debía parecer encantada cuando algún peludo ambulante – que muchas veces parecía más un trozo oxidado de hierro que un verdadero caballero-, se postraba ante sus pies gentilmente.

-  Sonríeles a todos – le decía su padre, el io Truggen-, y agradéceles por haber librado a tu reino de una peste semejante. Cuéntales un par de mentiras para que se vayan felices: que si los niños eran raptados en el campo o de sus propias cunas por las garras de las Serpientes del Cielo, que si las madres llorosas exigían venganza... cositas como esas. Cuéntales de las ovejas asesinadas y de una decena de caballeros que se habían inmolado antes que ellos en la noble empresa de cazar al dragón. Aliméntales el ego, corazoncito. Y, lo más importante: sonríe siempre, que para algo eres mi hija.

Y, por supuesto, Iyala obedecía y sonreía con todos sus dientes ante los pedazos de hojalata que deambulaban frente a ella. Derramaba auténticas lágrimas de dolor por los supuestos muertos – ya fueran niños u ovejitas-, y de alegría por los vivos. Al fin y al cabo, de algo tienen que vivir los pobres caballeros andantes, pensaba la princesa. Todos tienen derecho a sentirse útiles en el año Dume.

Sólo a veces Iyala lamentaba el destino de las Serpientes, cuyo único crimen había sido caer en boca – y canto- de Piráldires, el trovador de la corte, que no se cansaba de acusar a dragones y a todo ser con alas de las más terribles fechorías. Sus canciones habían inmortalizado a las Serpientes del Cielo como las criaturas más feroces del reino de Costa Norte, provocando - ¡CLARO!- que todo caballero mayor de trece años deseara cazar una de ellas para quedar también perpetuado bajo el epíteto de “La-Lanza-Quebrada-en-la-Carne-del-Terror”, “Martillo-de-los-débiles” o “Amigo-de-las-Ovejas-y-los-Niños”.

Todos tras las murallas del castillo comentaban que el Gremio de los Caballeros, Escuderos y Rescatistas le pagaban a Piráldires una buena suma anual porque no dejara de cantar aquello de:

  Dragones feroces, bestias del terror

  que lágrimas de miedo

  arrancan a las madres.

  Dragones feroces, bestias del horror

  que rompen las cunas de los pobres niños.

  Dragones feroces de dientes de fuego

  que apagan las llamas

  de la hoguera en invierno.

  Dragones feroces de llamas odiadas,

   volved a la guarida.

  ¡Viene el Caballero!

  ¡Lanza de los pobres! ¡Apoyo de las viudas!

  ¡Hermano de huérfanos!

  ¡De las mil hogueras apagadas el fuego!

  ¡Viene el caballero, dragón,

  en busca de carne!

La canción de Piráldires había sido todo un éxito, y no sólo entre los miembros del Gremio de Caballeros, Escuderos y Rescatistas de la Orilla Norte, sino también entre los campesinos que no dejaban de silbar aquello de:

  ¡Viene el caballero, dragón,

  en busca de carne!

Hasta la propia Iyala había tarareado entre dientes aquella melodía pegajosa, mientras se trenzaba sus cabellos frente a las ventanas del palacio, sin dejar de sonreír a aquellos trozos de hojalata que traían las cabezas ensangrentadas de las Serpientes.

-  ¡Princesa, póngase más derecha! – le pedían sus damas de compañía.

-  ¡Luzca más complacida!- los consejeros del reino.

-  ¡Sonríe y sonríe!- le decía su padre, el io-. ¡Saca los dientes!

Iyala obedecía porque su padre siempre tenía la razón. Además, sentía lástima de aquellos pobres miembros del Gremio de Caballeros, Escuderos y Rescatistas de la Orilla Norte que habían atravesado inmensas porciones de tierra sólo por verla sonreír con todos los dientes. Así que la princesa fingía estar extremadamente aliviada con la muerte de las Serpientes.

Sólo un día - ¡uno sólo!-, cuando el año de Dume comenzaba a caminar por la segunda zeilda de la Nieve, Iyala se atrevió a protestar:

-  ¡Pero si a los caballeros no les importa que yo les sonría! ¡Sólo quieren que Piráldires les dedique una canción! ¡Y además, las Serpientes del Cielo son animalitos inofensivos que solamente empollan sus huevos en los Picos de las Nubes!

Al escucharla, su padre se puso tan rojo y tan mudo que todos pensaron que se había convertido en piedra. Eso sí, una piedra un poquito pasada de color y con la expresión inequívoca de “¡YO SOY EL REY!”

Desde entonces, Iyala había aprendido a sonreír todo el día sin una sola queja, con todos los dientes afuera e increíblemente quieta. “Ese ha sido el trabajo de las princesas desde que a mi tatara- tatara abuela se le ocurrió pincharse el dedo con la punta de una aguja”, se consolaba. “Despertarse del Sueño de los Cien Años y sonreír. Peinarse las trenzas y sonreír. Dormir y sonreír...”

Los caballeros adoraban a Iyala:

-  ¡Qué linda!- decían -. ¡Y como sonríe todo el día! ¡Con qué gusto! ¡Se ve que está feliz porque su reino esté libre al fin de la plaga de las Serpientes del Cielo! ¡Qué heroicos somos nosotros, los miembros del Gremio de Caballeros, Escuderos y Rescatistas de la Orilla Norte!

Y entonces los caballeros partían felices, con sus corazas abolladas a propósito (como las Serpientes no se defendían demasiado, los Caballeros hacían uso del Manual del Gremio, artículo 6 de la sección 3.44 que citaba: “Todo caballero debe sufrir heridas. La armadura de un caballero que se respete debe quedar COMPLETAMENTE inservible. Si no ocurre por causas naturales en combate, el Caballero debe encargarse de que suceda “accidentalmente”. Se recomienda golpear contra piedras u otro objeto de superficie dura. ¡Especial atención!, nunca golpear contra el caballo”). Y como ningún caballero era demasiado inteligente – no tenían tiempo para eso entre tantas marchas, combates, duelos y exigencias del Gremio-, marchaban absolutamente convencidos de que los hombres de todas las épocas los recordarían como “La lanza salvadora”, de que la sonriente Iyala lo estaría para siempre gracias a ellos y de que el Gremio de Caballeros, Escuderos y Rescatistas de la Orilla Norte les concedería una nota de sobresaliente en los exámenes trimestrales.

La cabeza del dragón, al no poseer ninguna propiedad mágica o decorativa, era reciclada como una piedra inservible en el camino.

Iyala, al llegar la noche, con las comisuras de los labios rígidas de tanta sonrisa, abandonaba la ventana y, por primera vez en todo un día, dejaba que su boca hiciera lo que quisiese. (Casi siempre permanecer seria, por supuesto.)

  Todas las noches, cuando Iyala se quedaba sola en la oscuridad de su cuarto, soñaba con los picos de las nubes, donde una Serpiente del Cielo revoloteaba intranquila.

A veces, en su sueño, el dragón la miraba a los ojos, e Iyala creía leer en ellos una pregunta muda: “¿Por qué sonríes cuando te traen las cabezas de mi hermanos, de mis padres, de mis hijos y las ponen a tus pies? ¿Por qué sonríes, princesa?  ¿Cómo puedes dormir aún?”

Entonces Iyala despertaba con una mueca sudorosa, y espantaba momentáneamente la sombra de la pesadilla de su cabeza.

Pero, una vez que se atrevía a cerrar los ojos de nuevo, se repetía el sueño: la misma Serpiente, las mismas palabras y preguntas.

El año de Dume acababa, y la princesa pronto cumpliría los dieciséis años.

El año Telde

(Este es el Año del Pinchazo, por supuesto)

Después de la tercera zeilda del Invierno, cuando la Vieja Blanca recogió su barba sobre la tierra y dejó que la tierra extendiera sobre ella su barba de hojas, los sabios del Reino decidieron que había comenzado un nuevo año: Telde.

Inmediatamente buscaron un significado para éste en el Libro de Años y Otras Fechas Dignas de Ser Recordadas; y cuál no fue su sorpresa al descubrir que el año Telde anunciaba el Momento-Tradicional-del-Pinchazo. Al saberlo, el propio io comenzó a saltar como una cabra – una Cabra Real, por supuesto; ya que todos los reyes reciben clases de salto alto y triple salto desde que son niños-, y pidió que trajeran a Iyala a su presencia.

-  ¡Querida hija mía!- le gritó no más verla.- ¡Felices mis ojos!

Iyala hizo una mueca de extrañeza. Su padre nunca había sido tan amable. Es cierto que de vez en cuando se acordaba de ella, le regalaba vestidos de colores imposibles, la obligaba a sonreír y, sólo en casos extremos, le acariciaba un poco la cabeza como a... como a... como a un perrito, digamos.

-  ¡Queridita! ¡Preciosa y queridita hija! ¿Sabes en qué año estamos?

-  En Dume, padre...

-  Dume ha terminado, princesa...- intervino un ministro, con una sonrisa gatuna.

-  ¡Queridita! ¿A que no adivinas?- el io hizo una pausa y volvió a saltar como toda una Cabra Real-.  ¡Estamos en el año Telde!

-  ¿Y...?- preguntó Iyala, que nunca había sentido demasiado interés por el Libro de Años y Otras Fechas Dignas de Ser Recordadas.

-  ¡Es el Año del Pinchazo, corazoncito!- volvió el io.

La cabeza de Iyala dio tres vueltas.

-  ¿¡EL QUÉ?!- gritó.

-  ¡El Año del Pinchazo, dulcecito! Tu tatara-tatara abuela hubiera estado tan feliz de que tú continuaras una tradición tan linda...

Todos en la sala del trono parecían estar de acuerdo con el io... Todos excepto Iyala. ¿Linda tradición? Sí, si uno deseaba ser pinchado por una aguja gigantesca, amordazado en una cama e inmediatamente drogado por los hechizos de Tullo, el mago de la corte, que se decía dominaba no pocos conjuros de Sueño Perenne. ¿Linda tradición ser encerrado en una torre por cien años, con la única garantía de que quizás un dorado héroe del Gremio de Caballeros, Escuderos y Rescatistas de la Orilla Norte se decidiera a salvarte con un beso de amor? ¿Eh?  ¿Y quién le garantizaba a ella, Iyala, de que no iba a envejecer en todo ese proceso? ¿Quién le garantizaba que cuando aquel caballero se acercase a ella para darle el Beso de Verdadero Amor no iba encontrar a una vieja cubierta de harapos y con una terrible halitosis producto de cien años de largo e ininterrumpido sueño? ¿Quién le había preguntado a ella si quería?

-  Tu tatara-tatara abuela hubiera estado tan feliz de que tú siguieses con una tradición taaaaan linda... – recitó de nuevo su padre, como si aquellas palabras fueran las únicas dignas de ser escuchadas en todo el universo.

Una mueca se instaló el rostro de Iyala de forma permanente.

-  ¡NO ME IMPORTA MI TATARA- TATARA ABUELA! – gritó-. ¡NO QUIERO CONTINUAR CON SU ESTÚPIDA TRADICIÒN! ¡NO QUIERO QUE ME PINCHEN Y ME PONGAN A DORMIR! ¡Y MUCHO MENOS QUE UN CABALLERO ME DESPIERTE CON UN BESO!

-  Tranquila, dulcecito mío...- la interrumpió el io.- Si nada más serán unos cien añitos.

Iyala no creía que unos cien añitos fueran precisamente un tiempo corto, así que comenzó a gritar de forma no demasiado principesca:

-  NO ME VOY A DORMIR...

-  Gatita, es el Año del Pinchazo y no vas a echarlo a perder. Desde que tu tatara- tatara abuela inauguró la tradición, una buena cantidad de princesas de la familia la ha continuado. No va a ser mi hija la que la rompa...- su padre comenzó a colorearse de escarlata y rabia-. Además, está el Caballero, el Beso y... ¿eh?, ¿eh? ¿No es eso lo que quiere toda princesa?

-  ¡NOOOOOOOOOO!

-  ¡Pero mira, caramelito de papi! Piráldires te compuso una canción que todo el mundo entonará por decreto real de aquí a cien años. ¡Será un éxito, mucho más que “Oh, dragón, apestas”! ¿No deseas escucharla?

Un hombrecito gordo y calvo se acercó a Iyala con una cítara en la mano, y entonó:

Bella y dulce era la princesa.

Sus ojos de plata y panal.

Bella y dulce era la princesa

en su nacimiento.

Las hadas todas le concedieron

los dones de los bienaventurados

Y la amaron porque era

 tan hermosa la princesa

que nadie podía evitarlo.

-  El Gremio de las Hadas Madrinas, Duendes, Náyades Cartománticas y otras Criaturas de Compañía dejó de reunirse hace un par de milenios - se quejó la princesa.

-  ¿Y qué? ¡Yo soy el rey y digo que aún existe!

El trovador volvió a la carga con un acorde en Si Mayor increíblemente desafinado.

Sólo un hada no fue invitada al banquete,

y envidiosa de la princesa

lanzó su hechizo salvaje sobre ella:

“¡Por siempre dormirá!

A los dieciséis años se pinchará

los dedos con una aguja,

y nada ni nadie podrá despertarla.”

Y todos por igual, padres y pueblo,

lloraron lágrimas de tristeza,

hasta que un hada halló la respuesta:

“¡Salvaré a la niña!

Por mi palabra

sólo cien años dormirá,

hasta que un caballero la despierte

con el Beso de Amor Verdadero.”

-  ¿Te gusta, abejita?

-  ¡Pero si nada de eso ha pasado!- chilló ya desesperada la princesa, que no veía salida posible.- ¡Todo es una gran mentira!

-  ¿Y qué? ¡Yo soy el io y digo que así pasó! ¡Mañana todo el reino estará entonando la canción y tú te vas a pinchar accidentalmente un dedo con una aguja! ¡Y a dormir! ¡A dormir porque lo digo yo, que soy el io y escribo la historia!

-  Pero, papá...- Iyala intentó apelar a la razón del rey.- ¿De qué te va a servir una hija dormida? ¿Quién le va a sonreír a los caballeros cuando traigan cabezas de dragón, eh? Además... es una tradición taaaaan vieja. No tiene ningún sentido.

-  ¿Y qué? A mí me gusta que sea el Año del Pinchazo.

-  Pero los caballeros...

-  ¡Déjalos! Dentro de poco se darán cuenta de que las Serpientes del Cielo ya están casi extintas. Le voy a decir a Piráldires que componga una nueva canción sobre otras criaturas malvadas... a lo mejor sobre pajaritos.

-  Pero...

-  ¡A dormir te digo! ¡Mañana mismo!

Piráldires remató el grito con otro acorde desafinado que hacía un perfecto eco a la voz del io.

A Iyala se la  llevaron a rastras los ministros, mientras silbaban aquello de:

Hasta que un hada halló la respuesta:

“¡Salvaré a la niña!

Por mi palabra

sólo cien años dormirá,

hasta que un caballero la despierte

con el Beso de Amor Verdadero.”

La cabeza de Iyala era el salón de baile donde cinco o seis cabras reales ensayaban una danza muy movida.

***

¿Qué puede hacer una princesa en una sola noche para impedir que la obliguen a dormir cien años?

Intentó sobornar a los guardias que custodiaban la puerta de su cuarto, se descolgó por la ventana del castillo agarrada a un par de sábanas, suplicó a los dioses, rezó por tener alas, volvió a intentar sobornar a los guardias golpeándolos en la nuca con una silla, corrió escaleras abajo para encontrarse con otro par de guardias que no eran nada sobornables en cuestión de tamaño y fuerza, y que la obligaron a volver al cuarto con una sonrisa apacible.

Nada funcionó.

El sol comenzó a salir como una esfera de fuego. Iyala deseó escupirlo. Estaba segura de que, con un poco más de tiempo, alguna idea se le ocurriría  para escapar de su destino. Pero no lo tuvo...

Unos minutos después, llegó su padre:

-  Todo está dispuesto para que utilices la misma torre perdida en el Bosque de los Suspiros que construyó tu tatara-tatara abuela, caramelito...

-  Por favor, papá. NO QUIERO. NO QUIERO IR.

-  El Gremio de los Caballeros, Escuderos y Rescatistas nos han confirmado que, dentro de cien años, un sujeto de brillante armadura acudirá a darte un Beso de Amor Verdadero, ¿eh? ¿Eh? ¿Verdad que es una buena noticia?

-  Pero es una tradición tonta, papá. Ninguna princesa duerme ya el Sueño de los Cien...

-  ¡Pues la mía sí! ¡La mía sí!- la interrumpió el io-. ¡No protestes más!

¿Qué puede hacer una princesa cuando sólo le quedan un par de minutos antes de que la obliguen a dormir cien años, y despertar – si alguna vez despertaba- con un aliento que apartaría hasta al más tonto de los Miembros de Caballeros, Escuderos y Rescatistas de la Orilla Norte?

Una princesa podía morder. Y golpear. Y patear como una cabra muy poco Real.

Pero sobre todo lo primero: una princesa podía morder... Durante largos años, había sonreído todos los días cuando algún caballero andrajoso se le acercaba, tanto que los dientes se le habían fortalecido como murallas inexpugnables. Así que mordió a los soldados que la aguantaban, a un par de ministros, a la mano del mago de la corte. Mordió la oreja de su padre el io y le pareció deliciosa, y ya iba a morder el laúd del trovador Piráldires – que no había parado ni por un segundo de tocar aquello de: “¡Qué dientes, señor! ¡Qué dientes de perla tenía la princesa!” - si no la hubieran amordazado.

¿Qué puede hacer una princesa totalmente amordazada para impedir que la obliguen a dormir los cien años de la tradición?

Nada. Absolutamente nada.

Así que llevaron a Iyala hasta la torre que se escondía en lo más profundo del Bosque de los Suspiros. La amarraron a la cama donde un par de milenios atrás su propia tatara- tatara abuela había dormido tranquila por todo un siglo. Iyala gritó de dolor cuando Tullo, el mago de la corte, le pinchó un dedo con una aguja gigantesca; luego le hizo oler unos polvos de color insólito a la par que musitaba unas palabras que Iyala no llegó a comprender jamás.

Tenía demasiado sueño.

Demasiado, y la melodía que brotaba del laúd de Piráldires había dejado de parecer un prodigio de desafinación para convertirse en aceptable.

Lo último que vio fue la oreja roja de su padre, y los dedos del io que se acariciaban la oreja.

-  Oye, Piráldires, ese verso de “¡Qué dientes, señor! ¡Qué dientes de perla tiene la princesa!” me parece magnífico.

-  A mí también, Su Majestad. A mí también.

Y todos se fueron entonando la canción que – Iyala ya ni siquiera lo dudaba, se convertiría en todo un éxito de aquí a cien años-, y la dejaron sola.

Con sus sueños...

***

No sabía cuánto tiempo llevaba dormida. Quizás horas, o meses. Quizás había pasado ya el año Telde, y el Invierno volvía a extender sus manos sobre la tierra, como un trozo de lana sin fin.

Iyala no tenía frío, como tampoco noción del tiempo.

En sus sueños, largas cortinas de humo se alzaban frente a sus ojos constantemente, como cascadas grises que subieran desde el suelo. La princesa se revolvió inquieta. Sabía que detrás de ella había Algo... Algo que no podía ser nombrado, siempre vigilante. Sentía una mirada fija sobre sus pasos.

-  QUIERO DESPERTAR... QUIERO DESPERTAR.

Nadie respondió a sus gritos.

Por eso, Iyala continuó avanzado por el largo camino del sueño; esta vez sin mirar atrás.

-  Es sólo una pesadilla...- trató de convencerse a sí misma -. ¿Cuánto falta todavía para que llegue el caballero?

Nunca antes había sentido tantos deseos de ver a uno de esos flacuchos espantapájaros envueltos en una capa bien resistente de acero. No le importaba si el caballero en cuestión tuviera buen o mal olor, o si sabía despertarla con el Beso de Amor Verdadero.  En realidad, Iyala hubiera besado hasta al más feo de los sapos con tal de librarse de aquella tradición que su padre, el io de la Costa Norte, le había impuesto. (De cualquier manera, las princesas de todos los reinos comentaban que el beso de un sapo nunca debía ser rechazado, por aquello de que hasta debajo de una piel verrugosa y fría se puede esconder un príncipe.)

Con el paso de las horas – o los meses o los años, Iyala no podía saberlo-, la princesa se sintió más cómoda dentro de su sueño. Aún percibía la presencia de Aquello que no se mostraba a su vista pero, poco a poco, fue acostumbrándose a ella. Ya no la amenazaba. Las largas espirales de humo que rodeaban su cuerpo y sus ojos casi le hacían cosquillas.

Después de todo, no era tan terrible dormir.

Quizás los años pasen tan rápido que ni siquiera lo note, pensó la princesa.

-  Eso nunca sucede así- una voz ronca asaltó los oídos de Iyala.- Las cosas que queremos jamás se cumplen. ¿No lo sabías acaso, princesita?

-  ¿Quién está ahí? ¿Quién te invitó a mi sueño? – preguntó con su mejor tono real, aunque por dentro estaba temblando. Su corazón le decía que el dueño de la voz era Aquello que la había vigilado en silencio, escondido tras las cortinas de humo.- ¡Muéstrate inmediatamente!

-  No.

-  Pero... pero... pero...

-  Pero no. No he llegado a tu sueño para cumplir órdenes.

-  ¿Y entonces para qué? – volvió a preguntar Iyala, que intentaba descorrer el humo con dedos temblorosos-. ¿Para devorarme?

Aquello se rió con una carcajada de plata.

“Si es capaz de reírse, no ha de ser tan malvado”, pensó Iyala y suspiró con alivio.

-  Evidentemente no para devorarte. Por las mañanas no como princesas, y menos las que tienen que dormir cien años por capricho de su padre.

-  Entonces no comprendo nada...

-  He venido a liberarte, princesa, con tu primer Beso de Amor Verdadero.

-  ¡Eres mi caballero!- gritó Iyala con toda la fuerza de sus pulmones reales-. ¿Ya han pasado entonces los cien años?

-  No, y no. Ni soy caballero, ni han pasado cien años, sino apenas un par de días desde que lanzaron sobre ti el hechizo.

-  ¿Tan poco? – los ojos de Iyala se convirtieron en bolitas de tristeza.- Pero yo creí... ¿Cómo vas a rescatarme si sólo he estado dormida unos días? El Año del Pinchazo recién acaba de comenzar y yo...

-  Es una tradición pasada de moda- la interrumpió la voz-. No le veo ninguna utilidad a que una muchacha de dieciséis años esté completamente inerte hasta que cumpla ciento dieciséis. ¿Tú sí?

-  No realmente. Pero mi padre...

-  Piénsalo bien: estás en una torre perdida en lo más profundo del Bosque de los Suspiros. De aquí a cien años nadie vendrá a buscarte nuevamente. Y ya ves que el tiempo pasa bastante lento... 

-  Quizás tengas razón...- Iyala aún no se decidía a actuar por sí misma. Durante demasiados años había cumplido con cada uno de los deseos y las órdenes de su padre el io.

-  Te estoy dando la oportunidad, princesita, de que crezcas libre, de que puedas hacer lo que quieras: llorar, sonreír, gritar, quedarte seria. Una nueva vida para que la construyas tú misma. No tienes por qué seguir siendo una princesa.

-  ¿En serio? ¿No tendría que continuar con todas esas reverencias ridículas, ni cantando aquello de “Oh, dragón, apestas”?

-  Ni un sólo minuto más... si no quieres…

Iyala se quedó callada unos segundos. La mirada de Aquello tenía el poder de penetrar sus pensamientos. Luego dijo:

-  Es demasiado bueno para ser verdad...

-  Puedo darte tu Beso de Amor cuando quieras. Es el único antídoto contra los hechizos del Sueño. Aunque... ya sabes lo que eso significa, mi princesa.

-  Nunca creí que fuera cierto...- musitó.

-  Lo es. Cuando dos criaturas se dan el Beso de Amor Verdadero sellan un compromiso eternamente. Eso quiere decir que, pase lo que pase, tú y yo estaremos ligados para siempre, aún si fuésemos enemigos o nos odiáramos a muerte. No hay ninguna promesa ni juramento más fuerte.

-  ¿Para siempre?- preguntó Iyala, incrédula.

-  Ya sabes... hasta el final del camino - la voz guardó silencio.- ¿Quieres entonces que te despierte?

Cien años es demasiado tiempo, pensó Iyala. Puedo hacer tantas cosas. Puedo vivir como yo quiera.

La sombra que se escondía entre las cortinas de humo de sus sueños se movió inquieta. Iyala afirmó con un gesto de la cabeza.

-  ¿Crees que será... amor a primera vista, príncipe?

-  No soy un príncipe....- le dijo la voz, con la misma risa de plata.

-  ¿Caballero?

-  Ah, no...

-  ¿Escudero?

-  Tampoco...

-  ¿Rescatista?

-  No...

-  ¿Entonces...?

-  Amigo... Puedes llamarme Amigo si lo deseas – hizo una pausa y luego agregó, como si nada más importara: - Despertarás a los pocos minutos después de que te bese, princesa. Quizás sea mejor, por tu bien y por el mío, que no abras los ojos hasta que yo me marche. Te lo pido. Por favor.

-  ¿Por qué? No entiendo... ¿Vas a hacer conmigo un juramento eterno y no me permitirás que te vea ni siquiera un segundo? ¿Vas a abandonarme? ¿Y la vida que me prometiste?

-  La tendrás, princesa. Sólo tienes que caminar directo hacia el sur para salir del Bosque de los Suspiros y ser libre para siempre.

-  Pero, ¿y tú?

-  Yo tengo ya una vida... junto a los míos – suspiró sonoramente-. Estoy seguro de que si no me ves, si no sabes quién soy realmente, no podrás entonces amarme. Nadie se atreve a amar a una sombra desconocida. Entonces, de verdad, serás libre. Princesa, ¿quieres que te bese?

-  Sí – dijo Iyala.

Apenas sintió el roce de su carne pegada a la piel de su salvador. El aliento de él se mezcló en la boca de la princesa unos segundos; suave, como si fuera un beso de alas.

-  Ya eres libre... muchacha- dijo la voz-. Sólo espera un par de minutos para abrir los ojos.

La cabeza de Iyala comenzó a arderle, como si tuviera tizones dentro.

Tuvo deseos de gritar.

Entonces despertó.

***

Primero tuvo conciencia de su cuerpo, tan pesado sobre los almohadones de plumas. Intentó usar la voz, pero sólo consiguió atorarse. Tosió un par de veces y luego se quedó quieta.

-  ¿Amigo?- preguntó suavemente-. ¿Amigo, aún estás ahí?

-  No, Iyala... Sólo he sido un sueño. No abras los ojos: sólo he sido un sueño.

-  Sabes que es mentira...

El corazón de la princesa comenzó a latir como una bailarina de incansable cuerda. Necesitaba tocar a su salvador, olerlo, conocerlo. Mirarlo a los ojos y decirle que todas las leyendas eran ciertas, que el Amor Eterno sí existía, que sólo bastaba un beso para poner en marcha sus motores y no era necesario tener los ojos abiertos para sentirlo. Que de cualquier manera estarían ligados el uno al otro, y esa necesidad la impulsaría a buscarlo por toda la tierra si fuera necesario. Que no le importaba si era viejo, o joven, o enfermo. Que ahora comprendía por qué el resto de los juramentos y promesas bajaban la cabeza ante éste. Que quizás pasarían años antes de encontrarlo, pero al final lo lograría.

Quería decirle todo eso, y mucho más.

-  ¿Amigo? Ya es demasiado tarde. Tú me has visto... ¡Déjame verte por sólo un segundo!

-  ¡No!- gritó él, con una voz que parecía sacada de los abismos de la tierra-. ¡Prometiste no hacerlo!

-  ¿No me amas tú también, Amigo?- preguntó Iyala, conteniendo las lágrimas, obligándose a no abrir los ojos.

-  Sólo he sido un sueño. Sólo he sido...

-  ¡Mentira! ¡Me besaste!

-  Nunca pasó. Nunca...

-  Te encontraré adondequiera que vayas. No puedes esconderte para siempre – dijo Iyala y entonces supo que era cierto.

-  Adiós...- dijo la voz de Amigo-. Adiós, princesa... Sé feliz.

Iyala no contestó.

Sintió los pasos retumbantes de Amigo alejándose de la torre (“¡Es enorme!”, pensó ella). Escuchó el viento silbar a lo lejos, el aire amontonándose como un niño juguetón en torno a ella. Luego, un sonido que la princesa no supo identificar.

-  Adiós – dijo la muchacha en voz baja.

Entonces abrió los ojos.

No le importaba romper una promesa. Todo juramento carecía de sentido.

“Me basta con verlo un segundo”, pensó. “Una sola vez y sabré reconocerlo entre todos los otros. Una sola vez para hallarlo dondequiera que se encuentre.”

Pero Amigo había desaparecido.

Como loca, Iyala gritó. No podía haber descendido las escaleras de la torre tan rápido. No era humanamente posible.

Buscó y buscó, pero nada.

-  ¡Amigo!

Las lágrimas escaparon de sus ojos como lluvia. Desesperada, Iyala se asomó a una ventana. Necesitaba respirar el aire de la noche, para al menos creer que no se estaba ahogando.

-  Amigo...- musitó con debilidad a las estrellas. Por un segundo, alzó los ojos y vio la sombra recortada contra el cielo.

Entonces comprendió todo, y lloró por comprender.

Durante largos años había sonreído cuando los Caballeros ponían ante sus pies la cabeza ensangrentada de una Serpiente del Cielo. Nunca le había parecido hermoso aquel trozo de carne roja. Nunca había observado que hasta la claridad más débil se reflejaba en las escamas de la frente y el cuerpo de las Serpientes, como un espejo de plata.

Pero aquella noche vio...

Hermoso volaba el dragón frente a la luna. Su sombra caía sobre el Bosque de los Suspiros como una promesa. Por ratos, su brillo se confundía con el de las estrellas.

E Iyala lo amó. No podía evitarlo.

Aquella era la ley que movía al mundo desde el principio. Había sellado su juramento con una sola mirada y un beso.

¿Qué sabe una princesa sobre las Serpientes del Cielo?

Poco, en realidad. Sabía que las cacerías de los caballeros habían reducido el número de dragones de forma alarmante, que los huevos eran destruidos por centenares para evitar que se reprodujeran. Sabía que, probablemente, sus sonrisas y mentiras habían provocado que miles de nuevos caballeros marcharan al reino de Costa Norte con la única esperanza de matar a un dragón y ser inmortalizados en una hazaña inexistente.

¿Qué sabía Iyala sobre las Serpientes del Cielo?

Sólo que tenía que hallar a esa, la que volaba recortada contra la luna, con las escamas erizadas por el frío de la noche.

-  Te encontraré, Amigo... – dijo la princesa, mientras veía cómo la silueta iluminada de la Serpiente iba disolviéndose cada vez más en el cielo –. Aunque tarde cien años. Aunque tarde cien años, te lo juro... 


En Cuba, mi hermoso país. Un país de literatura y sueños.

Escrito por ElaineVilarMadruga 07-11-2014 en Elaine Vilar Madruga. Comentarios (0)


Lejos de Cuba, siempre cerca.

Escrito por ElaineVilarMadruga 07-11-2014 en Elaine Vilar Madruga. Comentarios (0)


Invitación a la peña de Eduardo del Llano, donde estaré como invitada

Escrito por ElaineVilarMadruga 07-11-2014 en Espacios literarios. Comentarios (0)

Amigos, más invitaciones:

Para la última semana del mes de noviembre -para ser más específica el 28 de noviembre- a las 8 de la noche, en la Casa del Alba Cultural (Vedado), estaré como invitada de la Peña del escritor Eduardo del Llano. Aunque confieso que el humor no es mi fuerte, leeré algunos de mis textos y espero provocar al menos sonrisas... 

Y allá quisiera verlos.