Elaine Vilar Madruga, escritora/author

Espacio de promoción, literatura y pensamiento.

"...el verso: animal transparente. Escudo." Porque también mi esencia es la del árbol.

Para viajeros (II)

Escrito por ElaineVilarMadruga 17-11-2014 en Pensamiento. Comentarios (0)

No podía irme sin ver la nieve. Es la segunda vez que la imagino. Es la segunda vez que la conozco. Ayer, en la calle, el asombro blanco cayó sobre mi cabeza y pronto ya no importó sentirme ajena, extranjera, mujer de otro país. Importaban las historias de mi infancia, el muñeco de nieve que nunca hice, el paseo en trineo, el árbol de navidad que en casa siempre se camuflaba con algodón de la farmacia y sueños de mi madre. 

En mi país, la nieve no importa. Existen otras cosas, otros mundos. Una manera distinta de mirar el sol. Ni mejor, ni peor. Simplemente diferente.

Ahora, bajo la nieve, extraño también el calor de Cuba.

Y me pregunto si los niños de acá soñarán con un sol distinto, más fuerte, más vivo... el sol de las playas que aún no conocen. 

Dejarte amar III

Escrito por ElaineVilarMadruga 17-11-2014 en Poesía. Comentarios (0)

                                                                                         Dejarte amar III

                                                                                     Elaine Vilar Madruga


Me he asomado al lodo vidrioso de los ríos.

Entonces supe que era Ofelia,

y la muerte en mi pómulo

una larva abatida de la incógnita:

ser o no ser,

  y el sargazo impávido

del vientre de las bestias

una escupida de dios para mostrarme

que he tragado la eternidad,

  buche a buche,

con el hábito fértil de la espera.

Donde otros descubrirán la herrumbre

yo pongo las flores azules del ahogado.

El grano vendrá a sembrarse

en mi mejilla como la pregunta a dios

que otros podrán responder

cuando sepan que soy Ofelia:

míos todos los maderos imposibles

a los cuáles pude asirme,

  pero no.

El esqueleto de las aguas

era una espiral demasiado portentosa

para negarme a beber lo eterno de su carne,

y esta pantomima de fingirme muerta

una parte más de la máscara que llamo rostro.

.

Esta incredulidad que otros leerán en mis manos

es nada más que un insulto a los escribas

y a sus manías de animales sumergidos.

Sepan todos que yo tuve la promesa de un rescate,

el juego de las improbabilidades

abandonándome en el segundo

en que el aire fue agua,

  y nada más.

Yo esperaba la luz,

  el rumor de la mano conocida

arrastrándome a los márgenes de la historia,

no sabía que la eternidad era persistente

y se introducía en mis palabras como un naufragio premeditado.

Sepan todos que esperé

como se espera al animal milagroso de los incrédulos.

Sepan todos que esperé

la incoherencia de lo eterno,

con la manía lógica de las bestias

que no saben dejar de amar.  


23 de junio de 2010


A Star is born, de mi libro "La hembra alfa".

Escrito por ElaineVilarMadruga 17-11-2014 en Escritos para compartir. Comentarios (0)

                                                                                                         A Star is born

                                                                                                       Elaine Vilar Madruga

                                                                                                             A Arianni y Amanecer, por supuesto. 

Se había obsesionado con la música.

Con hacer algo único. Irrepetible.

Cuando era niño, sus padres lo sentaban frente al violín, con un pedazo de pan y un vaso de agua que debían durarle hasta el fin de la lección.

Sus padres querían un genio. Un niño genio.

Un Mozart. Y si no, al menos un Beethoven, un Satie, un Bach.

Virtuoso y genio.

El mejor de los violinistas nacidos en este mundo y en las próximas ocho realidades alternativas.

Él se esforzó. Realmente lo hizo. Estudiaba no dos horas, sino cuatro, frente a aquellas cuerdas de violín que se negaban a ser violadas. Se esforzó, hasta que le salieron callos en el cuello, en los dedos y hasta en las nalgas.

Con el paso del tiempo – tras años y años de práctica- se convirtió en un violinista. Mediocre. Graduado de la academia. Miembro de una orquestica de cuerdas que ensayaba en las afueras del pueblo. Y nada más.

Llevaba una vida patética.

Su única compañía era un gato tuerto, cuarenta partituras de diferentes compositores y ocho tratados sobre morfología musical.

Fue entonces que le llegó su momento.

El momento por el que había esperado toda la vida.

Una mañana como otra cualquiera, el director de la orquestica de cuerdas le entregó un manojo de pentagramas y le dijo, casi en broma: Va usted a estrenarme esta pieza.

Aquella noche, en la soledad de su cuarto, el violinista tuvo un ataque de pánico, abrazó al gato de tal manera que casi lo asfixia, regó las partituras por todo el suelo, agarró el atril, enganchó el manojo de pentagramas que el director le había entregado y se decidió a tocar, y a tocar, y a tocar. Insistentemente.

Pronto supo que su talento era una brizna de hierba dentro de un bosque inmenso.

El momento por el que había esperado toda su vida iba a escapársele entre las manos.

Tenía el violín, su persistencia y deseos de tocar, pero aquello no era suficiente.  Ni siquiera extraordinario. Estrenaría la pieza, y recibiría –cómo no- algunos aplausos de las viejas solteronas que asistían cada domingo a los conciertos, cuando más la sonrisa tolerante de los otros músicos a su alrededor. Su momento de gloria duraría exactamente ocho minutos, y luego toda su vida volvería a condensarse a las cuatro paredes de su habitación, al busto de yeso de Beethoven que había colocado en una mesa de noche y al gato bizco que no entendía ni carajo de música.

Era preciso que encontrase alguna manera de alcanzar lo extraordinario, la sombra esa de la genialidad de las que tantos teóricos habían hablado en las biografías y los documentales.

La idea le llegó de repente.

Un lapsus de genialidad, inspirado sin dudas por la presencia de Beethoven que, desde el busto de yeso, lo miraba con sus ojos eternos.

Aquella misma noche, tomó el cuchillo de la cocina.

Fue rasgándose la piel del vientre con mucho cuidado.

Detenía la hemorragia con un trapo rojo.

La carne cedió a los pocos minutos. Él dejó que colgara, apenas sostenida por unos pedazos de piel, bien pegada a la ingle.

Se hizo necesario sacar algo de la grasa, y un poco de epidermis, para que dentro de su vientre hubiera espacio de sobra.

Siempre con cuidado, desprendió las cuatro cuerdas del violín y luego fue colocándolas – agarradas por tiritas de piel- dentro de la cavidad. Tensó las cuerdas, afinó con suma precisión y tomó el arco.

La posición era completamente nueva para él, y algo incómoda, pero el esfuerzo valía la pena.

Durante más de ocho días, se abrió la herida cada noche para ensayar el concierto y, después de varias horas, volvía a cosérsela.

Ni siquiera sentía demasiado temor cuando llegó el momento del estreno.

Era uno de esos domingos patéticos de concierto, a los que solo asistía la gente más aburrida del pueblo, los borrachos trasnochados y aquellas viejitas que parecían todas un clon de la misma vieja, repetidas hasta el infinito en los detalles de las sombrillas, los pañuelos, los achaques, las manías.

Cierto: a veces, el violinista sentía cómo le temblaban las manos, cómo el sudor le resbalaba por las nalgas y se concentraba en los pliegues de grasa. Pero, en general, estaba calmado.

Aquel iba a ser el mejor momento de su vida. Por el que había esperado siempre.

El director alzó la batuta.

Muy lentamente, el músico fue quitándose las pinzas que sostenían la carne de su vientre, sacó el arco, afinó las cuerdas ante la mirada de asombro (o de incredulidad) del director y comenzó a interpretar su solo, más que divinamente.

Hacia el final del concierto, una de las cuerdas cedió.

Las tiritas de piel habían soportado demasiada presión.

Del vientre del músico comenzó a fluir un río de sangre.

El director ordenó un silencio inmediato. Las viejitas gritaban. Todos corrían. Pero él no dejó de tocar.

Todavía le quedaban dos minutos de esplendor absoluto, de la sombra de la genialidad que había logrado asir al menos una vez en la vida.

Lo llevaron al hospital. El diagnóstico fue certero: infección aguda, peligro de muerte por pérdidas masivas de sangre.

A los dos meses, fue dado de alta.

Los principales conservatorios, teóricos musicales y hasta los medios de difusión masiva lo esperaban como las moscas a punto de caer sobre el dulce.

Hoy, alrededor del violinista, se reúnen las jóvenes promesas del mundo musical, que vienen desde tierras bien lejanas a nutrirse del Maestro. Aprenden nuevas técnicas de afinación corporal, ensamblaje de cuerdas en tiras de carne, además del oficio de luthieres de vientre y especialistas en transfusiones.

El pueblito se ha convertido en la Meca de la música contemporánea a escala mundial. 

A él lo llaman el nuevo Mesías, el renovador y transformador de las técnicas instrumentales. Lo comparan con Beethoven y con Mozart, y varias instituciones y conservatorios se disputan su nombre para crear nuevos centros de formación de violinistas, chelistas y violistas corporales.

Los titulares de los periódicos proclaman: HA NACIDO UNA ESTRELLA. A STAR IS BORN, y aplauden como locos cada vez que, en los escasos conciertos que el Maestro ofrece, una cuerda cede y el reguero de sangre salpica a las primeras filas de los espectadores.

Al fin y al cabo, es la sangre de un Genio.

22 de febrero de 2012


Deus ex machina, cuento de CF.

Escrito por ElaineVilarMadruga 17-11-2014 en Escritos para compartir. Comentarios (0)

                                                                                                 Deus ex machina

                                                                                             Elaine Vilar Madruga


Ellos querían a un dios.

Habían perdido al suyo en algún vericueto de la historia, en un giro inesperado del tiempo, a manos de alguien, o quién sabe cómo… Ni ellos mismos lo recordaban, pero lo cierto es que no existía, que no tenían memoria de que alguna vez hubieran tenido a un dios. Nadie en Ador alzaba los ojos a las estrellas con preguntas o tan siquiera con una de esas alabanzas que nosotros, los hombres de la Tierra, encontramos tan viejas. Nadie creía.

Ador era un sitio silencioso.

Sus bosques de burbujas. Sus pájaros de alas como bucles infinitos. Las raíces invertidas de sus árboles. Su gente, tan semejante a la nuestra, de ojos inmensos, las ropas de sus ancianos que colgaban en jirones largos como el tiempo y las frentes abiertas en agujeros púrpuras.

Todos silenciosos.

Buscando al dios.

Decían que sólo en el mutismo serían capaces de encontrar lo perdido, y cuando intentábamos entablar con ellos un diálogo – el más pequeño diálogo-, nos señalaban con tres dedos hacia el cielo y emitían un chasquido de disgusto con sus dos lenguas gemelas: “Silencio”, nos pedían, y ya no sabíamos qué más decir. “Buscamos la voz del Dios.”

De quién fue la idea, no puedo saberlo.

Supongo que de nosotros.

Todas las buenas ideas se suponen que sean de nosotros.

Decidimos venderles a nuestro Dios.

Qué más daba.

No necesitábamos a un Dios y sí mucho de aquella tierra de Ador, de sus suelos luminosos y fértiles, del alimento que crecía dentro de ella y que no envenenaba nuestras células como antes nos sucedió en los océanos de Akla con los mil niños muertos y las madres que gemían, y la guerra civil que amenazaba con rompernos en pedazos, y luego una paz a medias sobre la Tierra lograda quién sabe cómo, pero siempre precaria aún cuando ya habían pasado tantos años de aquel evento. Tan náufraga nuestra paz que sólo bastaba un ciclo más de hambruna para que la homofagia fuera solución entre la gente, y todos comenzáramos a ver alimento en el brazo, en la pierna, en el ojo del prójimo. Tan sólo un ciclo y volveríamos al agujero de lo primitivo.

Necesitábamos del agua de Ador.

Aquel líquido sin radiaciones.

Y de la tierra limpia.

La tierra que podía salvarnos del canibalismo, de andar en manadas como bestias salvajes…

La tierra que podía alejarnos del recuerdo de los niños envenenados en Akla, y los dos millones de enfermos de cáncer de hígado, de estómago, de esófago, de garganta, de los ocho millones de muertos por hambruna, de los treinta y seis mil que a diario escogían la soga, el máser en la frente, el salto desde un macroedificio.

Ador era nuestro edén.

Ador tenía el maná que necesitábamos.

La idea fue nuestra.

Un cambio: nuestro Dios por todo su alimento, por su vasallaje y servicio.

En otras palabras: nuestro Dios por su esclavitud.

Ellos lo querían, y nosotros se lo dimos hecho a nuestra imagen y semejanza.

Uno de los tantos númenes que habíamos desechado.

Al Carpintero.

Al Hombre clavado a la Madera, quién sabe por qué razones que ciertamente no importan ahora y que quizás nunca importaron.

Aquel de quien nos cansamos.

El de las súplicas y ninguna respuesta, sólo la larga escupida de su silencio.

¿Sentir remordimiento?

¿Nosotros?

¿De qué?

Si el pueblo de Ador, con sus ancianos al frente, nos besaban las manos, nos llamaban Padres, nos vestían con sus galas de hierbaluna, se arrodillaban para dejarnos pasar.

Le trajimos a su Dios.

A su nuevo Dios.

Pronto los vimos doblándose en los surcos por nosotros, levantando la Tierra de sus ruinas nucleares.

Ofreciéndonos todo lo que anhelábamos y mucho más, mientras su Dios les sonreía desde las espinas, con su rostro de mendigo sediento, como antes hizo con nosotros hace ya tanto tiempo.

Y ellos eran tan felices...

Cada mañana, sobre los campos de Ador  - cubiertos por sus hombres que trabajan para y por la Tierra-  pasa la Máquina. La Máquina de la cual cuelga su Dios con una sonrisa laxa de hombre muerto, y que luego desciende una vez al día sobre los campos plateados, por un segundo fugaz que les arranca a los nativos el sudor de los cuerpos y el desánimo del alma.

Sólo una vez al día, pero para ellos es suficiente porque dicen que escuchan otra vez la Voz, y ya no necesitan encontrar en el silencio.

Y a nosotros…

… nos place ser humanos.

Nos place que el pueblo de Ador se adapte tan bien a nuestra realidad dorada. Nos place saber que ya no hay niños envenenados, ni amenazas de homofagia, ni tribus de locos que deambulen por los bosques de la Tierra en busca de carne, agua o semilla.

Pero a veces…

A veces es mejor no recordar por qué comenzamos a mirar al cielo y a no encontrar nada.

Por qué pedimos el silencio con una simple mirada de los ojos, o un chasquido de la lengua y si nos preguntan diremos: “No es nada. Te habrás hecho idea. Sólo busco escuchar…”

Pero ahí queda la palabra interrumpida.

¿Escuchar qué?

Escuchar nada, si ese es el precio justo por la vida.

De seguro, Dios comprenderá.


27 de diciembre de 2010

Basada en una versión del año 2008.


El hambre y la Bestia, publicado en la antología "Hijos de Korad" (Editorial Gente Nueva 2013).

Escrito por ElaineVilarMadruga 14-11-2014 en Escritos para compartir. Comentarios (0)

El hambre y la Bestia

Elaine Vilar Madruga


A Cindy, que me ha acompañado en cada tiempo y realidad,

sin perder lo esencial e invisible.

A Pável, de los fieles Stark.


“… quiero anular el tiempo

en que nos conocimos de otra forma”.

Lina de Feria.


Había aprendido a mirar al mundo del que había venido su abuelo – el mundo que existía detrás los muros lejanos de Ohno- con ojos hambrientos, pero sin soñar más. Todas sus esperanzas de volver  a aquel sitio habían muerto con el padre de su madre, aquel hombre que tenía la sangre de los traidores y una casta que rescatar del olvido. Diara lo recordaba como un personaje escapado de sus pesadillas de niña, sentado a las puertas de la cabaña donde ella misma había nacido, y donde sin dudas nacerían sus propios hijos. El viejo no era parte, ni lo sería jamás, de aquellas tribus de hombres cubiertos de barro. Era más bien una silueta oscura, escapada del tiempo, que llevaba al cinto una espada cubierta de óxido y de costras que bien podían ser sangre.

Diara recordaba los ojos del viejo que se cebaban en su carne y le decían: Ven aquí, sucia, mientras la miraba de los pies a la cabeza como a una alimaña, como a un animal indefenso, y volvía a decirle: Qué maldita mi sangre, nada más que da hembras. Vete, sucia, te morirás como todos en este lodo, pero… si hubieras nacido hombre.

Eran siempre las mismas palabras, el mismo miedo que se colaba en la piel de Diara cada vez que su abuelo la llamaba a su presencia. Era cierto que el viejo no hablaba mucho, y casi nunca se dirigía a ella. Prefería conversar con la madre de Diara bajo el sol que las ramas de los árboles no podían contener, o bajo las gotas persistentes de la lluvia.

Su madre no era hermosa: había perdido toda la belleza con el trabajo interminable de la caza; miles de cicatrices le cortaban el rostro. No era hermosa, pero el abuelo encontraba razones suficientes para hablar con ella, porque aquella mujer - su hija - todavía tenía algo en la sangre que le recordaba los tiempos dorados de Ohno, sabía hablarle de las bibliotecas y las armerías. Aunque ella nunca las había visto, rememoraba por los libros que había salvado su madre en la huida, la exacta descripción de los salones y las fiestas; conocía también la escritura y algo de eso le enseñó a Diara, sólo que muy poco: nunca había tiempo y sí mucha caza.

A Diara, en definitiva, no le importaban demasiado aquellos insectos minúsculos de tinta que se escurrían en las páginas; así que un día decidió poner el papel, la tinta, los libros bajo la lluvia, hasta que todo aquello se convirtió en un engrudo uniforme. La madre gritó (después también el abuelo) y alguien más golpeó a Diara en la boca.

Pero ya era demasiado tarde. Los libros estaban muertos, y su abuelo escupió en el suelo: Sucia, te cortaría la cabeza, y luego movió la espada – el trozo de óxido que nunca soltaba de las manos- sobre el cuerpo de Diara, pero la madre gritó a tiempo: Señor, no. Él bajó el acero. Había vergüenza en sus ojos. No estaba dentro de Ohno y Diara no era más que una niña.

Luego, volverían a pasar los años.

Diara recordaba poca cosa más del abuelo, solo aquellas palabras que siempre eran las mismas, una y otra vez mientras las estaciones pasaban entre las ramas de los árboles, y el tiempo hacía muecas salvajes. Los años pasaron, y Diara pronto dejó de jugar con los muchachos de la aldea; se le permitió tener un arco y un carcaj lleno de flechas para cazar a las bestias de los bosques.

Era casi una mujer, pero su abuelo seguía llamándola sucia, ven, sucia, vete. Diara no decía nada. No podía decir nada. No tenía las palabras hermosas de su madre, ni podía perder el tiempo junto a aquella estatua de hombre que permanecía siempre a la entrada de la choza, mirando entre los árboles hacia un punto indefinido, rumiando venganzas imposibles mientras sostenía la espada entre sus dedos. Y así, en esa posición exacta, el abuelo envejeció cada vez más, se volvió pequeño, como las raíces de los árboles que se pudren por dentro. Fue quedándose ciego, y después sordo. Se volvió un montoncito tembloroso, pero nunca abandonó aquel lugar, ni nadie lo obligó a hacerlo.

Diara volvía de la caza, un día como otro cualquiera, cuando vio a su madre a la entrada de la cabaña, justo al lado de la estatua humana que era el anciano. Tenía las manos del padre entre las suyas y le susurraba las hermosas palabras que él tanto gustaba de oír. Diara pasó de largo, pero la madre la detuvo: Se muere, dijo, se muere. La joven fijó sus ojos en el cuerpo del abuelo y vio en él, claramente, los símbolos de la muerte. Sí, se muere, susurró, y fue a sentarse junto a su madre para acompañarla (no por él, no por la estatua que apenas conocía, sino por la criatura que le había dado la vida, por estar junto a ella). No se puso de rodillas, ni cogió la mano del abuelo, pero estuvo ahí hasta que la mano del viejo, sobre la empuñadura de la espada, cedió, y el metal cayó al suelo, justo a los pies de Diara

Su madre dijo: Ya está, y luego ninguna de las dos habló.

Lo enterraron en los lindes del bosque, lejos de los túmulos de los hombres de la aldea. La madre habría querido llevarlo hasta algún sitio donde se vieran las cúpulas de Ohno, pero Diara dijo: No, para qué, es peligroso y podríamos ser cazadas por los vigilantes de otra tribu. Los muertos no pueden enterrar a muertos, que sea aquí. Ella misma escogió la tierra donde sembrarían al viejo, y luego vio a su madre llorar: Si yo hubiera sido hombre, dijo, o al menos tú… y las manos le temblaban.

¿Por qué no podemos volver a Ohno?, preguntó Diara por primera vez, después de tantos años. ¿Cuál fue la traición?

Tenía ambiciones, contestó la madre y alzó ambas manos, en un gesto que pretendía disculpar al hombre muerto. Qué podía hacer, había nacido para llevar una corona y nunca la tuvo. A nadie le importó su sangre ni sus derechos, ni lo que reclamó durante años. Ohno era una ciudad de sordos, y él se cansó de gritar sin que nadie lo escuchara. Ya alguien más poseía el poder. Tu abuelo tenía solo veinte años. Debió haber guardado silencio, pero era tan joven que no supo cómo. Fue entonces que decidió soltar a la Bestia.

¿Qué Bestia?, volvió a preguntar Diara, como si el caudal de sus preguntas se hubiera desbordado.

La Bestia… El Devorador… El Dios…, contestó la madre con un hilo tembloroso de voz. Qué triste, qué error, pero solo tenía veinte años y una espada entre las manos, ¿qué podía hacer con ella salvo soltar a la Bestia? Quería ser escuchado, y fue hasta los calabozos de Ohno, rompió los sellos de la Magia y  liberó al monstruo…

¿Y entonces?, Diara se estremeció, deseó vomitar, los recuerdos de las mil historias de la Bestia venían a su cabeza, uno detrás del otro: niños muertos, desmembrados, aldeas que sacrificaban a sus hijos sobre rocas ensangrentadas para ofrecer un tributo anual al dios que vivía en el bosque, con un hambre que no podía ser satisfecha nunca.

Ah, entonces comió… y Ohno se cubrió de sangre. Por todo un año. Un año entero en que nadie pudo salir a las calles sin el riesgo de perder la cabeza, porque la Bestia deambulaba en busca de carne.

¿Y mi abuelo?, inquirió Diara ¿Nunca se arrepintió?

No lo sé. Pero siempre tuvo la vergüenza entre los ojos: él quería ser un rey, no un tirano. Solo quería que alguien lo escuchara, porque era su derecho, y al final no pudo. La madre volvió a alzar las manos al cielo. Él mismo tuvo que huir de Ohno, con mi madre que me llevaba en el vientre; tuvo que huir para salvarnos porque la Bestia no tenía dueño, no obedecía a voz alguna. Se llevó sólo una espada, la espada de su padre, y la promesa de regresar cuando el monstruo se hubiera marchado, para poner todo en su verdadero orden y traer la paz. ¿Ves, Diara? Hubiera sido un buen rey, quería ser un buen rey, pero sólo tenía veinte años, ¿qué podía hacer ante un error tan tremendo?

Morir, hubiera querido decir la joven, pero los ojos de su madre guardaban mucho dolor.

Por un momento, Diara se imaginó aquella huida de Ohno. La ciudad devastada, sus abuelos disfrazados entre una marea de campesinos, soldados, caballeros, nobles, una marea indistinta: todos eran iguales y corrían sin vergüenza,querían sobrevivir. La gente caía en las calles, en los puentes, eran aplastados por los pies de los que venían atrás, nadie oía ni veía nada. Ohno era de verdad una ciudad de sordos y de ciegos y, entre ellos, con ellos, estaba el abuelo y la abuela preñada. La mano del abuelo estaba escondida bajo la capa, puede que también escondiera el rostro, ya había sido llamado traidor y su cabeza tenía un precio casi mayor que la de la Bestia; se miraba a los pies y veía cómo la gente caía una vez y para siempre, y eran luego aplastados en las avenidas, en los puentes, bajo carretas o bajo piernas. Ohno era una diáspora inmensa. Todos huían de la muerte. Nadie se preocupaba por mirar los rostros de aquellos que tenían al lado: importaba correr lejos. Entonces fue que se escuchó un grito, venía de la marea sin nombre de gente que huía: Que viene la Bestia, que viene el Devorador. Con el grito llegó el caos y la sangre. Estaban ante las puertas del Norte, era un paso estrecho, sólo cabían tres hombres por vez. Era casi imposible pasar, pero la gente empujaba, todos querían ser el primero, y la Bestia era rápida, comenzaba a comer de la carne de los más rezagados. El suelo de Ohno se bañaba de sangre, era la masacre, eran los gritos y la agonía por ver quién pasaba primero por las Puertas del Norte. El abuelo miró atrás, ya no le importaba que se viera su rostro. Su mujer se tocaba el vientre y también gritaba, pero las Puertas todavía estaban lejos, muy lejos, y la Bestia tan cerca. Alguien empujó a la embarazada contra una de las paredes de piedra. Mientras más avanzaban hacia la puerta, más se cerraba el túnel, y era siempre hacia adelante, no había paso atrás porque la Bestia acechaba. Mucha gente retrocedió, decidió no entrar en el túnel angosto que conducía a la Puerta, a la salida, a la libertad de los bosques, mucha gente se quedó dentro de Ohno esperando otra oportunidad mejor de escape, pero ya para ese entonces no había forma de retroceder: hacia el túnel o hacia la Bestia, eran sólo dos opciones. La embarazada fue impactada por un cuerpo y cayó hacia el suelo con un grito. Se protegía el vientre con las manos para evitar las patadas de la gente que huía: el tiempo se acababa para todos y Ohno estaba cubierta de sangre. Aquel hombre de veinte años, el traidor al que ya no le importaba ni su cabeza ni su rostro, logró tomar a la esposa por el brazo y ponerla de pie, pero ambos estaban oprimidos contra una pared de piedra. La entrada al túnel estaba tan lejana y la Bestia era rápida, él no sabía qué hacer, pero la esposa dijo: Sangre, oh, dioses, dioses, sangre, y se llevó una mano al vientre, hacia el montón de coágulos que manchaban su vestido y sus piernas.

La ciudad entera era un charco rojo, pero aquella sangre era suya, la habían lastimado y el hombre de veinte años no sabía qué hacer, salvo decir: Aguanta, por los dioses, mujer, aguanta, por tu hijo, por mí, aguanta. Entonces fue la desesperación la que empuñó la espada por él, fueron los tajos, el acero ciego, de izquierda a derecha, de un lado a otro, indistintamente contra cualquiera que se interpusiera entre él y su esposa y la libertad de la Puerta. Su mujer todavía gritaba, por los muertos, por la carnicería, por la cercanía de la Bestia, por su propio dolor gritaba, mientras aquel muchacho de veinte años envejecía diez con cada golpe. Nadie le opuso resistencia. Se dejaron cortar la vida como si fuera mala hierba. Alguien, a lo lejos, aulló una maldición, quizás sólo fuera un hechizo de menor cuantía, pero él no escuchó, el golpe de la Magia nunca llegó, no era lo suficientemente poderoso. Su rostro había sido sustituido por una máscara de ira y de miedo. Entonces, el joven vio que el camino hacia el túnel estaba abierto y retrocedió, tomó a su mujer por ambas manos y corrió sin mirar atrás, hacia la libertad, hacia la salida, hacia los bosques.

¿Qué más podía hacer?, volvió a decir la madre de Diara, a tantos años de distancia. Era solo un muchacho y tenía tanto miedo.

¿Qué pasó después?, preguntó Diara.

Nací yo, fue la respuesta, y ella murió en el parto. Mi madre. Y él se quedó solo, en el bosque, conmigo, con una espada y la promesa de volver y ser, de verdad, un buen rey.

¿Qué pasó después?

Huimos lejos. Él cambió su nombre. Luego, naciste tú.

¿Qué pasó después?

Envejeció.

¿Qué pasó después?

No pudo olvidar a Ohno, pero nunca pudo volver.

¿Qué pasó después?

La ciudad. Abandonada para siempre. Y la Bestia todavía vive en ella.

¿Qué pasó después?

No lo sé, contestó la madre con aquellos ojos tan llenos de dolor.

Diara contempló el túmulo de su abuelo.

Tenía tanta ilusión cuando tú naciste…, murmuró la madre. Pensó que serías varón, que podrías llevar su nombre y volver un día a Ohno para arreglar su error. Y luego llegaste tú, una niña preciosa. La madre sonrió y le acarició los cabellos largos y despeinados. Y sufrió tanto.

¿Por eso me odiaba?, era una pregunta, pero a la vez no lo era. Porque fui hembra…

No te odiaba, Diara, por qué dices eso.

Me decía sucia…  Ven, sucia, vete, sucia.

Ah, Diara, no le guardes rencor. Tú y yo éramos demasiado diferentes a él… Por más que lo intenté durante todos estos años, él era un hombre de Ohno y yo nací en este bosque. Y tú… ah, hija. Es triste. Era sólo un pobre exiliado, fuera de su tiempo y de su tierra. Tú y yo nunca fuimos su familia. Éramos dos extrañas con su sangre, y nada más. Si mi madre hubiera sobrevivido, a lo mejor él habría aprendido a ser feliz, pero… Ah, Diara, es sólo digno de lástima. Lo perdió todo, excepto el sueño de volver a Ohno y poder enmendar su error.

¿Y por qué nunca lo hizo? ¿Por qué decidió esperar por un hijo o por un nieto? ¿Por qué no lo hizo él?

Se sentía viejo. No tenía fuerzas.

Era un cobarde. Diara escupió hacia un costado, no a la tumba, para no ofender a su madre. Un cobarde, no lo justifiques.

A lo mejor. Quizás tenía miedo, reconoció la otra y volvió a alzar las manos al cielo, sin decir otra palabra.

***

Había pasado un año después de su muerte.

Pude contemplar toda una nueva muda de los árboles y, con el tiempo, tomé la costumbre de mirar hacia Ohno. A veces soñaba con mi abuelo, pero casi siempre era la Bestia la que venía a morderme los sueños: veía las calles rojas de Ohno y yo caminaba descalza por ellas, me iba embarrando de sangre, buscaba el túnel, la libertad hacia los bosques, pero no podía encontrar la salida de la Puerta Norte. Entonces, la pesadilla se hacía aún más terrible, y yo comenzaba a correr por las calles. La Bestia aullaba detrás de mí, olía mi carne y yo corría, pero no estaba sola. A mi lado trotaba mi madre, mi abuelo que llevaba una máscara en el rostro (no quería ser visto) y corría también, sólo que más lentamente, una muchacha de vientre inflado - mi abuela-  con las piernas cubiertas de coágulos y un grito sobre la boca.

A veces soñaba con Ohno, a veces con mi abuelo, pero siempre con la Bestia.

Había pasado todo un año desde que habíamos enterrado al viejo, y ya se acercaba para la tribu el Día de la Caza. Yo tenía un sueño: quería ser seleccionada entre las mejores cazadoras para salir a bosque cerrado y traer un animal portentoso como alimento. Quería ganarme el arco de fresno y las flechas rojas de aquel año. Quería ser llamada Cazadora.

Sin embargo, no fui yo la seleccionada, sino otras tres mujeres y mi madre. Mi madre, que aún tenía los ojos más sagaces de toda la tribu, incluso mejores que los míos. Cuando fue escogida entre tantas otras, me sonrió; su sonrisa era una disculpa: Te traeré las flechas y el arco, Diara, serán para ti. Ella no necesitaba otra gloria que cazar. Te traeré las flechas y el arco, me dijo.

No pudo.

Me la trajeron a ella. Sus pedazos. Un trozo de rostro, un brazo, las piernas intactas, y nada más. Las mujeres que habían marchado en el mismo grupo de cazadoras no sabían decirme nada. Solo gritaban, locas de horror, y señalaban a los pedazos de mi madre con manos temblorosas. Yo no podía llorar. No tenía ninguna pregunta, pero alguien dijo: Fue el Devorador, como si aquellas palabras pudieran explicar todo.

Quemé sus trozos con el arco y las flechas que habían sido suyos, y luego pensé en regar sus cenizas sobre la tumba de mi abuelo, pero en el último minuto me arrepentí: aquella era su culpa, la culpa de un traidor que venía cabalgando por encima de las generaciones hasta tocar a mi madre. Decidí comerme las cenizas (no eran demasiadas), hasta que sentí la garganta correosa y vi mis manos manchadas de gris. Mi abuelo me habría dicho sucia, salvaje, bárbara, y habría tenido razón, como mismo la tuvo mi madre cuando dijo que entre él y nosotras sólo había un vínculo de sangre. Ni yo era, ni sería nunca, una mujer de Ohno, ni guardaría los ritos funerarios de sembrar a los muertos en la tierra; ni él comprendería nunca por qué decidí comerme las cenizas.

Pero lo hice, y luego tomé arco y flechas (no eran los prometidos por mi madre antes de su última cacería), y caminé lentamente hacia la ciudad de Ohno.

Había pasado todo un año después de la muerte de mi abuelo.

***

La ciudad era un cadáver de hierro y piedra. Las puertas estaban abiertas como la boca de un monstruo enorme. No se escuchaba un sonido. Ni siquiera protestaban los insectos. Todo estaba muerto, y Ohno parecía el esqueleto de un tiempo pasado.

Era la ciudad de sus abuelos, donde había sido engendrada su madre, donde había nacido su sangre de traidora. Pero Diara no sintió nada especial al verla. Los latidos de su corazón se mantuvieron unánimes incluso cuando atravesó las puertas de la ciudad y estuvo adentro.

La había imaginado distinta, un cadáver esplendoroso de otros tiempos, pero a sus ojos solo se mostraba una ruina, la infinita decadencia que no era muy distinta de la vida de la aldea de la que tanto había renegado su abuelo. ¿Por esta ciudad hizo lo que hizo?, se preguntó y quiso reír. Ohno era un sitio estúpido, hecho nada más que de hierro y piedra. Las calles ni siquiera eran rojas. La sangre había desaparecido. No se veían cadáveres. Sólo en una esquina vio unos trocitos de hueso desperdigados, pero Diara no se detuvo a ver si eran de hombre o animal. No le interesaba. Aquel sueño de su abuelo le parecía nada más que una demencia de viejo, un recuerdo idealizado por los años. Diara escupió en el suelo y siguió adelante. Buscaba a la Bestia. Al Devorador. Al monstruo.

En dos horas recorrió la ciudad. Y no lo encontró.

***

Fue él quien me halló a mí.

Cuando ya me creía perdida, me encontró.

Pensé que estaría en el castillo, como los dragones que se arrojan sobre su tesoro para resguardarlo de los extraños. Pensé que aquel sitio sería su tesoro, conquistado durante años con mucha sangre y un poco de suerte. Imaginé que se quedaría allí para siempre, en la sala del trono que dejó vacía de vida y de hombres. Pero a él no le interesaba el castillo. “Me mata”, me confesaría mucho después, “estar encerrado en la oscuridad.”

Sin embargo, aquellas no fueron sus primeras palabras. Yo estaba perdida. La desesperación comenzaba a echar raíces en mi cuerpo porque quería hallar a la Bestia y no la encontraba, y aquel viaje hacia Ohno me parecía amargo y tan estúpido. Me había sentado en la plaza, sobre un montón de piedras dispuestas en orden aleatorio. El cansancio me mordía los ojos, pero aún tenía el arco entre mis manos cuando escuché la voz: “Buscas a la Bestia”, era una afirmación, no una pregunta, no esperaba una respuesta mía. “Dónde estás”, inquirí. No puedo explicarme cómo, pero en aquel momento no tuve dudas de que era él, el Devorador, la Bestia oculta en el esqueleto que era la ciudad de Ohno, y me había hallado. “Sal a la luz”, le dije, mi voz estaba calmada, era mansa como un río. “Mataste a mi madre y quiero ver tus ojos cuando yo te mate”. “No sé a quién maté”, volvió a decirme desde la oscuridad de su escondrijo, la noche había caído sobre mí, apenas podía ver la palma de mis manos, “pero he matado a mucha gente, a lo mejor también a tu madre.”

No dijo más. Lo escuché dando vueltas en círculos a mi alrededor. Me moví con urgencia, pero la Bestia siempre era más rápida y encontraba mis espaldas. “Todos tienen miedo cuando vienen aquí”, susurró, pude sentir el ritmo de su respiración agitada y el olor de la sangre reciente, “¿para qué vienen entonces?” “Para matarte”. “Hacen bien, alguien debería hacerlo, pero hasta ahora nadie se atreve”. “Sal a la luz y te mataré”, le respondí. “Es posible que no quiera morir”, dijo, y yo sentí una leve contracción en su voz, un espasmo que podía significar mil cosas. “Tengo siempre hambre”, agregó. “Por eso morirás, te comiste a mi madre”, casi le grité, daba vueltas en un mismo sitio siguiendo el sonido de su voz y de su respiración. Me sentía estúpida. Una cazadora nunca conversa con su presa. Lo sentía también estúpido a él. Un cazador nunca conversa con su presa, y en aquel instante ambos éramos dos cazadores y dos presas, faltaba definir quién era quién.

“Por qué me hablas”, le pregunté. La ira sustituía a mi antigua calma. “Se supone que las bestias atacan y no hablan.” “Esta bestia sí”, contestó, y yo sentía cada vez más que me encontraba dentro de una pesadilla. Había venido para matar y sólo daba vueltas en un mismo sitio. “¿Cuándo aprendiste a hablar?” “Siempre he sabido”, dijo, y luego rió con una risa que era a medias humana, a medias animal. “Sal a la luz y deja el juego”, comenzaba a sentirme mareada, mis ojos estaban cada vez más turbios. “Quiero hablar contigo”, me contestó. “Todos estos años has matado, ¿y ahora quieres hablar?”. “Contigo”, volvió a decir. “Por los dioses, sal a la luz y déjame matarte”. “Qué te apura, dices que maté a tu madre, ya no te espera”. “No te atrevas a hablar de ella”. “El haberla matado me da derecho a hablar”.

Dijo aquello, y mi ira estalló junto a sus palabras. Fue entonces que lancé la primera de las flechas a la oscuridad, al punto indefinido de donde parecía provenir la voz y esperé, rogué por escuchar un gemido, pero solo fue la risa.

“Se te gastarán las flechas, y luego seré yo quien te matará a ti”, susurró.

“Sal a la luz”, grité. “Te arrancaré los ojos”.

“Hueles a miedo, no arrancarás nada”, y comenzó a correr dando vueltas a mi alrededor, y yo a moverme más rápido en círculo, temía un ataque por la espalda y la oscuridad era terrible.

“Dices que maté a tu madre”, susurró. Muchas de sus palabras eran arrancadas por el viento y la velocidad de la carrera, pero aquellas las escuché a la perfección.

“Por eso vine a cazarte. La mataste hace dos noches.”

“No sé, no recuerdo. Nunca recuerdo a quien mato, lo hago y ya, son cosas que pasan, tengo que calmar mi hambre”, murmuró y yo sentí de nuevo la ira, y tiré otra flecha a la oscuridad que no dio en el blanco. “La mataste, era una mujer rubia…” “No me digas más”, la voz se volvió ronca, peligrosa. “Me da lo mismo como haya sido, cuando mato no recuerdo si son rubias o morenas, nada más me importa el rojo”. “Qué rojo”, pregunté y de inmediato me sentí tonta. “La sangre”, dijo él y de repente dejó de correr. “El rojo me recuerda al hambre”.

“Sal a la luz y terminemos esto”, cuando me escuché a mí misma, sentí que mi voz tenía mucho de súplica. “Siempre tengo hambre”, volvió a decirme, “y siempre tengo que comer. He matado a mucha gente, pero sólo recuerdo de ellos el rojo, todos sangran igual, así que nunca sé a quién he matado. Dime tu nombre. Cuando vengan tus hijos podré decirles que te maté y ellos sabrán que fui yo, tendrán un motivo para cazarme. Dime tu nombre, serás la primera que recordaré de todos, prometo no olvidarlo”. “No tengo hijos”, dije y escupí en el suelo, “ni familia, y no te diré mi nombre”. “Viniste a buscar a la Bestia, entonces dispara”, rugió desde la oscuridad, y yo sentí el tufo de la boca abierta y los dientes podridos. Disparé la tercera flecha.

Tampoco hizo blanco.

“Cuando llegue el amanecer”, susurró la voz, “seré yo quien ataque. Dime tu nombre, y no te olvidaré”.

Pero no lo dije.

***

Pasó la noche. Una noche sin estrellas. Diara estaba agotada. Sus piernas apenas la sostenían. Había perdido más de la tercera parte de sus flechas en disparos inútiles hacia la garganta de la oscuridad.

Y la Bestia todavía estaba allí.

Cuando llegaron las primeras luces del amanecer, Diara pudo ver al monstruo con los ojos empañados por el cansancio. Intentó hacer blanco en aquella mole de vellos y de dientes, pero la Bestia reía mientras Diara disparaba. Cada flecha alcanzaba su cuerpo. Ya no era una cuestión de la oscuridad o el movimiento. El monstruo estaba quieto y había llegado la luz del día, pero aquella mole era impenetrable. Diara vio cómo las puntas de las flechas se torcían al chocar contra la piel de la Bestia, y entonces supo que todo esfuerzo era inútil. Rió amargamente. La Bestia le hizo eco y también rió: “Nunca habrías podido”, le dijo desde lejos. “Nada entra aquí”, y se tocó la piel con las garras.

Diara volvió a reír con una histeria de niña pequeña, arrojó lejos el arco y el carcaj lleno aún de flechas inútiles, se sentó sobre las mismas piedras dispuestas en un orden aleatorio y siguió riendo mientras la Bestia se aproximaba a ella.

“Si hubiera tenido la espada de mi abuelo…”, pensó por un segundo, pero aquella había sido enterrada en el túmulo, un año atrás. Además, era muy probable que no hubiera servido de nada, como tampoco sirvieron el arco y las flechas.

“¿Y ahora qué?”, le preguntó a la Bestia. “Me dirás tu nombre”. “Diara”, contestó ella, daba lo mismo decirlo o no, ahora que todo se acababa. “Diara”, repitió el monstruo y abrió las fauces.

***

No fueron las primeras palabras que escuché de él, ni tampoco las últimas.

“Me mata estar encerrado en la oscuridad”, me dijo. Había llegado la luz del sol, y la claridad se filtraba por encima de las casas ruinosas de Ohno.

“¿Por qué no terminas conmigo?”, le pregunté. Todo me parecía demasiado ilógico. Había abierto sus fauces para destruirme y luego nada, sólo aquellas palabras que pudo haber dicho mi abuelo o mi padre, palabras de mundo civilizado: no había nada salvaje en ellas. Caminábamos por las calles de Ohno, uno al lado del otro, como dos viejos amigos que se reencuentran después de muchos años.

“¿Quieres que termine contigo?”, me preguntó, y por un momento vi un brillo de hambre en sus ojos.

“No”, contesté de inmediato.

“Entonces no preguntes más.”

Las calles de Ohno eran largas, y todas estaban vacías. “¿Adónde vamos?”, le pregunté al Devorador. “Me mata estar encerrado en la oscuridad”, volvió a decirme, “y no quiero estar solo.” “No entiendo”. “Ya entenderás”, y entramos juntos al palacio, a la ruina que alguna vez fue el hogar de mi abuelo, a la oscuridad.

Hasta que toqué los barrotes de una jaula.

“De aquí vengo”, escuché la voz de la Bestia, no demasiado lejos de mi cuerpo, y otra vez las mismas palabras: “Me mata estar encerrado en la oscuridad, pero ya tengo de nuevo hambre.” “¿Qué quieres?”, le pregunté, pero la verdad ya se abría paso a través de mis ideas. “Ya sabes lo que quiero, te propongo un pacto. Quiero que te quedes. Conmigo. Aquí en la oscuridad. Comeré de todo lo que caces. De todo lo que me traigas, así sea sólo hierba, porque mi hambre es grande y eterna. Pero me quedaré aquí, tras los barrotes, en la jaula, no saldré, es una promesa, y no cazaré a nadie a menos que me lo pidas. Y prometo también nunca quejarme de aquello que caces para mí. Seré tuyo, y tú serás mía”. “No soy de nadie”, fue mi respuesta. “No podría quedarme contigo, de ninguna manera, vine a matarte”. “Y no pudiste, así que quédate. Si no, volveré a salir y cazaré. Tengo mucha hambre, Diara. Me mata estar encerrado en lo oscuro, me mata estar solo, así que quédate, hagamos un pacto. No hay nada más que decir”, dijo la Bestia y me miró, en busca de una piedad que no podía hallar mis ojos. “¿A cuántas le dijiste lo mismo que a mí?”, volví a preguntar, tenía esa manía de las preguntas infinitas. “No lo sé, a algunas, a muchas, a todas, pero no tengo un número exacto, sólo recuerdo de ellas el rojo”. “Nadie se quedó, entonces”, “Nadie se quedó”, la Bestia repitió mis palabras y luego dijo: “Era preferible morir de una mordida o un zarpazo. ¿Qué quieres tú?”

Yo no podía responder. Estábamos otra vez en la oscuridad y la Bestia daba vueltas a mi alrededor. Solo a veces escuchaba cómo movía la mandíbula, me llegaba ese olor a sangre y a podrido de sus dientes, y no podía responder, pero el Devorador insistía:

“Si no te quedas, terminaré comiéndome a este mundo y a todos los otros que vendrán, porque mi hambre es infinita. Pero si te quedas, comeré sólo lo que tú me traigas, así sean hierbas o tubérculos”. “No sé”, susurré con media voz. “Vine aquí a matarte”. “Y no pudiste, como nadie puede, y ahora yo te doy la oportunidad de vivir: a ti y a muchos otros”. “¿Y si no puedo alimentarte, y si lo que cazo es insuficiente?”, el terror, la risa histérica volvió a mi boca. “¿Cómo confiar en ti, tú que mataste a mi madre?”.

Escuché sus pasos. Estaba tan cerca de mí que habría podido romperme los huesos de un solo zarpazo. “Podría acabar todo ésto ahora, ¿qué quieres?”, me dijo, y sentí cómo se apartaba de mí y se acercaba a los barrotes de la jaula. “Pero si te quedas y me hablas, y apartas la oscuridad, quizás pueda olvidar el rojo por algún tiempo, no para siempre. Los lazos de los Antiguos, la Magia de Ohno que alguna vez pudo contenerme ha desaparecido de esta tierra y algún día, cuando ya no estés, volveré a sentir hambre y comeré, Diara, pero no ahora. Una vida humana puede ser increíblemente larga. Entonces, ¿te quedas o quieres que todo termine?”

Pensé en mi madre, prometiéndome aquella última flecha y arco que nunca llegarían a mis manos.

Y en mi abuelo, que me llamaba sucia y maldecía su sangre porque sólo traía a mujeres, y a ningún hombre que limpiara su crimen.

Había pasado un año y algunos días más de su muerte cuando yo, Diara, de la sangre del destructor de Ohno, volví a la ciudad y encerré a la Bestia tras los barrotes de una jaula que no habría podido contener, de cualquier modo, el embate de la fuerza del monstruo, si este hubiera querido derribarla. Pero no quería.

Decidí quedarme en este sitio por miles de motivos, todos insuficientes. Tenía cientos de excusas que esgrimir para justificarme el por qué tomé una decisión semejante. Yo, que no era una hija de Ohno – aunque su sangre corría en mis venas - sino una mujer de la tribu, una cazadora, escogí ser la guardiana del Devorador, quedarme en la ciudad y cambiar mi vida.

Ya para entonces había aprendido a mirar al mundo – al real mundo fuera de las murallas de Ohno- con ojos hambrientos, pero sin soñar más.

***

Envejeció. Como todas las mujeres. Como todos los hombres, pero aún era hábil con el arco y podía cazar a las presas: animales pequeños casi siempre. Luego, ramas y tubérculos que recogía de las tierras pocos fértiles de Ohno para calmar el hambre infinita de la Bestia.

Envejeció. Se hizo pequeña y arrugada. Sus silencios se extendieron. Los frutos de la caza se hicieron cada vez más escasos.

En la Jaula, desde la oscuridad, el Devorador preguntaba: “Qué pasa, por qué no hablas”, y siempre recibía la misma respuesta: “Qué va a pasar. Nada.”

Entonces, la Bestia volvía a dormir, convencida de que la vida humana podía ser infinitamente larga, inacabable.

***

Tuve mil excusas para escapar. Al fin y al cabo, la culpa de mi abuelo no era mía, como tampoco lo fue de mi madre. Tuve mil oportunidades, y no tomé ninguna. Preferí que el tiempo me pasara por encima, y quedarme tranquila junto a él. A veces me hablaba. A veces prefería el silencio, y los años fueron pasando así, ya no uno, sino diez, veinte, cincuenta años que se acumularon.

En ocasiones me sentía heroica. Y luego estúpida. Son esas impresiones que se suceden cuando uno tiene demasiado tiempo para pensar a solas. No había nada de heroicidad en mi vida, y tampoco nada de estupidez. Tan sólo había aceptado la carga de mi abuelo, aquella carga de culpa que había cabalgado por encima de las generaciones hasta llegar a mí.

A él, a mi Bestia, al monstruo, al Devorador, le hice las historias de mi pueblo, pero siempre callé la de mi abuelo, aquel hombre que lo había dejado en libertad por la corona de una ciudad que ahora- a casi un siglo de distancia- era un cascarón de tinieblas.

Lo alimenté como pude. Con lo que tenía a mano. Con conejos. Con hierbas. Con tierra. Con promesas de mañana habrá algo, aguanta un poco, y finalmente con nada, hasta que escuché su voz tras los barrotes; una voz hambrienta que pedía comida. Volví a mentir: hasta mañana, pero lo cierto era que mis ojos no eran los mismos y yo estaba cansada y vieja, convencida de mi heroicidad y de mi estupidez, de ambas cosas al unísono. Ya no tenía excusas ni oportunidad para escapar.

Me dijo: “Tengo hambre,” y fui mi respuesta: “Ve y come”, y luego escuché cómo los barrotes cedían entre sus garras, y todo era desgajado bajo su fuerza de monstruo. Entonces pude llorar, porque realmente llevábamos seis días sin comer, él y yo, porque no pude encontrar nada en la tierra seca, ni hierbas ni animales, y con cada día la distancia que podía recorrer se iba haciendo más pequeña. Ya no tenía sentido su promesa porque la mía había sido rota mucho antes. “Ve y come algo”, y el monstruo pasó por mi lado, se detuvo y me miró desde la oscuridad con sus ojos terribles. “Es el rojo”, susurró con aquella voz que yo desconocía. “El rojo de nuevo”. “Lo sé”, le dije. “Ve, ya no tiene sentido, ve y come”.

Dije aquello pensando en mi carne. Podría comerla de inmediato para calmar su hambre. Por eso me sorprendí cuando la Bestia me dejó atrás, ante la jaula abierta, y salió a la noche de Ohno sin haberme matado.

Estuve inerte, de rodillas, hasta que los huesos comenzaron a dolerme y la luz del sol a penetrar por las rendijas de la celda.

Fue entonces que él llegó. Con las fauces ensangrentadas y repletas de una carne a medio masticar. El olor de la sangre era parte de su cuerpo. Se acercó a mí. Me había vuelto a hallar, como aquella primera vez en la ciudad de Ohno, cuando aún no sabíamos quién era el cazador y quién la presa. Ahora todo estaba demasiado claro: él era la Bestia, y yo una vieja heroica y estúpida, muriéndome de hambre.

Arrojó la carne cruda en el suelo, con un sonido agónico. Fue su voz la primera en romper el silencio al decirme: “Come”. Luego yo pregunté: “De qué es esta carne”, y él: “La he cazado, es lo que caza un monstruo”. Aquella era toda la respuesta que yo necesitaba oír porque las promesas no tenían – y quizás no tuvieron nunca- un sentido. Sin embargo, dije: “No, no comeré”, y él apretó los labios y mordió aún más la carne.  “Sí comerás. Te estás muriendo de hambre”, y era cierto.

Se agachó a mi lado y susurró, mientras volvía a ofrecerme la carne - aquella carne que solo un monstruo podía cazar- con las zarpas abiertas: “No miraré mientras comes, te lo prometo”, y giró el rostro.

Y yo comí, ocultándome de su mirada. Me llevé la carne a la boca, y la sentí masticada, ablandada por sus dientes. Pude tragarla sin mucha dificultad. La punzada del hambre desapareció de mi vientre y lloré, mientras la sangre se escurría por mi boca y los dientes que conservaba intactos.

 “Ya no tengo hambre”, musité con la boca aún llena.

“Mañana. Otra vez”, me dijo, no era necesario agregar más. Ambos nos entendíamos sin palabras, estábamos hermanados en el hambre, parecidos como nunca antes. “Mañana. Otra vez”, afirmé en el silencio, en la oscuridad de la jaula, sin atreverme a pedirle que volviera allí. “Cuéntame de tu madre”, me pidió él, sin moverse. Sentí su zarpa encima de mis dedos y, por primera vez, no aparté la mano - mi mano callosa y envejecida-, sino que la dejé quieta. “Cuéntame de ella”, y yo comencé a narrar, sin detenerme en anécdotas tontas, hasta que la Bestia me detuvo, y dijo aquellas palabras que había repetido unas mil veces: “La oscuridad me mata, sabes, la oscuridad me da miedo” y yo dije: “Sí, lo sé”.

25 de julio de 2011