Elaine Vilar Madruga, escritora/author

Espacio de promoción, literatura y pensamiento.

"...el verso: animal transparente. Escudo." Porque también mi esencia es la del árbol.

Lejos de Cuba, siempre cerca.

Escrito por ElaineVilarMadruga 07-11-2014 en Elaine Vilar Madruga. Comentarios (0)


De mi libro "La hembra alfa".

Escrito por ElaineVilarMadruga 07-11-2014 en Escritos para compartir. Comentarios (0)

La hembra alfa

Elaine Vilar Madruga


A Ray Bradbury, por El hombre ilustrado.

A Elena y mami.

A Yoss, siempre.


Cuando era niña, tenía un sueño recurrente. Un algo que se repartía debajo de mis colchas, de mis ropas, de las cuatro patas de la cama. Un algo que se colaba dentro mi blúmer rojo de pompones y rozaba las puntas de mis teticas incipientes. Cuando era niña, tenía ese sueño con las praderas, olorosas a tierra, a libertad, a la mierda seca de las bestias. Era una pradera africana, uno de esos paisajes que salen en los cuadros y los tapices viejos, y en los libros de texto y en las multimedias, y a veces también en los sueños recurrentes.

En el medio de la pradera, bajo la sombra de un árbol, estaban sentados los leones y las leonas en un círculo perfecto. Movían las colas con aire moderato, luego presto, prestíssimo. Todas las colas se meneaban a la vez como péndulos.

Las leonas tenían siempre las tetas hinchadas por amamantar a los cachorros, y unas lenguas que sacaban como un paño de la noche.

Los leones tenían siempre el olor de los machos, y olían a pradera, a lluvia, a tierra mojada, a mierda, a sangre de antílope.

Era de verdad un sueño recurrente.

Cada noche, soñaba con aquella manada portentosa.

Las leonas me tenían sin cuidado. Podían gruñirme, jadear, desear a los machos y mostrarme las tetas y las panzas: no me importaba.

Los leones sí. Su olor era fascinante.

Yo era una niña precocísima.

Yo era una niña que quería ser leona, oler y cazar como ellas, y parir cachorritos envueltos en una membrana de carne.

Pero mi sueño siempre se acababa, y yo volvía cada día a la realidad.

La realidad de tener dos piernas, no cuatro. Palabras, no rugidos. Olor de hembra humana.

Entonces me mordía la frustración. Odiaba a mi sueño recurrente, y luego me imaginaba corriendo por la pradera con mis zarpas bellísimas. Era la bestia más hermosa de la manada, y los leones machos corrían a mi lado. Mi olor los volvía locos. Todos ellos querían cogerme, morder mi cogote y hacerme cachorritos. Yo era la hembra alfa, y los leones lo sabían. Su sueño era subirse encima de mi panza, olerme las tetas y traerme trozos de antílopes hechos briznas de carne y sangre.

Pero el problema de los sueños es que son solo eso.

Cuando cumplí catorce años, dejé de soñar con las praderas y los leones.

Fue, ciertamente, un alivio.

A veces extrañaba – cómo no- aquellos viajes nocturnos por encima de las hierbas, sintiendo el sabor de la caza en el hocico. Pero casi siempre era un alivio tener sueños blancos, sin imágenes.

Durante casi veinte años, no volví a las praderas.

Ni una sola vez en casi veinte años. Qué fácil se dice, pero la verdad no es tan simple: dos hijos, un trabajo tras el buró, tres matrimonios, tres divorcios, cuarenta ocho cuartillas escritas a mano, diez intentos de cuentos, una abuela senil, un sobrinito bizco, un gato comemierda que nunca encuentra el pozuelo de la comida. Veinte años de sueños apacibles… y de repente, esto.

Ayer soñé de nuevo con la pradera.

Bajo la sombra de un árbol estaban escondidos los leones. Las hembras movían las colas a un aire moderato. Babeaban sobre la hierba. Tenían las tetas colmadas de leche. Los machos tenían los hocicos cubiertos de polvo. Uno de ellos movía las patas insistentemente; otro se lamía la piel; un tercero era viejo, el más viejo de la manada, y trotaba muy lentamente hacia mí.

Aquel león tenía ganas de cogerme. De hacerme el último cachorro de su vida.

En realidad, todos aquellos leones estaban locos por montarme. Yo seguía siendo la hembra alfa de la manada, aún después de veinte años, y ellos me deseaban: querían hacerme mil cachorros, correr conmigo por la pradera, cagar junto a mí a la orilla del río, y luego seguir corriendo hasta cazar a un antílope rezagado para morderle entonces hasta la vida misma.

Todos aquellos leones olfateaban el aire de la pradera. Mi olor a hembra los ponía alertas.

El más viejo trotaba, y trotaba, y trotaba.

Ayer soñé con la pradera luego de veinte años de sueños pacíficos.

Y, la verdad es que hoy me desperté con hambre.

El gato lucía delicioso. Fui en cuatro patas hasta la cocina y lo agarré desprevenido. Le mordí la cola, luego la panza, y el muy hijo de puta me gruñó, maulló aterrado: tenía los ojos que parecían dos canicas de miedo. Luego, el muy hijo de puta me arañó la cara, y yo le tiré un zarpazo que lo partió en dos trozos de carne y tripas.

En cuatro patas salí a la calle.

El asfalto estaba caliente y demasiado duro para mis patas. El muy hijo de puta me quemó, y yo le gruñí, y quise morderlo, pero el asfalto no era el gato y no se dejó coger tan fácil. Este maldito lugar no es la pradera. Dónde coño se habrán ido los machos. Por qué no me huelen. Ya tengo las patas cansadas, y el hocico cansado, me he aburrido de trotar entre la gente que grita y vuelve a gritar cuando me ven correr en cuatro patas, con las zarpas y los dientes llenos de la sangre del gato. Este lugar no es la pradera. Todos aquí tienen ganas de aullar, aturden, me muero por morderles las panzas y picarlos en dos como al gato, pero nunca me dan tiempo porque corren demasiado.

Yo todavía no encuentro a los machos. Dónde estarán.

La sangre en el hocico se me ha secado.

Este lugar no es la pradera, no lo es, no. No se huele el fango, ni la mierda seca de los antílopes y mucho menos la libertad. Pero igual corro, corro, corro entre el sonido de los cláxones.

18 de febrero de 2012


Capítulo primero de mi noveleta "Salomé", publicada en el 2013 por Casa Editora Abril, Cuba.

Escrito por ElaineVilarMadruga 07-11-2014 en Escritos para compartir. Comentarios (0)

Silvan “El Pirata” Adus,

Comandante del Carguero “Argos”.

Contrabandista


Notas del diario de viaje de Silvan Adus:

Día 6 de la cacería de la Madre:

Fui yo, y nadie más, quien pudo accionar el máser y lanzar sobre aquella criatura - ¡que los Dioses me hagan olvidar su rostro! - la carga de la muerte.

Entre todos los hombres de mi grupo, solo yo había escuchado las leyendas que se cuentan en los puertos de Vilda acerca de la suerte de aquellos que ven, por un segundo siquiera, la cara de una Madre.

Pero el saber no fue suficiente. No para mí.

Ella estaba agazapada entre los árboles–lágrima del planeta. Huía de nosotros, supongo. Llevábamos persiguiéndola sin descanso durante más de seis días. Estaba escondida, pero aun así alcancé a verla – mi maldita suerte-, y a fijar en la memoria algunos de sus rasgos. El máser entre mis manos tembló tanto que estuve a punto de errar el tiro. Pero no. Los dioses de la cacería estaban conmigo aquella tarde, y la Madre cayó sin un grito entre los árboles. Su precioso rostro de bestia se deshizo en cien pedazos imposibles de recomponer ni siquiera con la clonotopía que el más arriesgado de mis técnicos se atreviese a intentar.

La vi muerta y sentí remordimiento, un dolor en las entrañas que era igual a la mordida del Mal de Nake al pudrirte los órganos. Solo la había visto viva un segundo, pero aquel segundo bastó para que me sintiera el peor de los asesinos, la criatura más inmunda que ha surcado los cielos desde los tiempos del Gran Desglose.

Mis hombres temblaban como niños entre los matorrales. Los más jóvenes se mordían los labios hasta hacerse horribles marcas de sangre; los veteranos me miraban con ojos incrédulos: no podían entender mi crimen, aun cuando sabían que ERA NECESARIO.

El miedo me paralizó. Aquellos seres que me observaban, como tigres dispuestos a caer sobre el cuello de un recién nacido, habían dejado de ser mis hombres… Y pensar que apenas unas horas antes confiaba a ellos mi sangre y mi suerte. Les grité, les ordené avanzar en fila compacta hacia la cueva donde la Madre guardaba su camada de huevos.

Solo recibí un silencio hostil como respuesta.

“En cualquier momento, una docena de disparos me convertirán en trozos de carne y mierda”, recuerdo que pensé entonces, mientras les repetía la orden con una vocecita de espantapájaros que había dejado de pertenecerme.

Pero aquel no era el día de mi muerte.

Por todos los dioses, no lo era.

Mis hombres volvieron a mirarme con ojos pacíficos. Como si hubieran despertado de un sueño, de la pesadilla más profunda. Un grito de victoria salió desgarrado de la garganta de uno de ellos: “¡Tenemos a la Madre! ¡Tenemos a la Madre!”, y luego todos corearon aquella oración como si fuera un mantra sagrado al cual debían aferrarse con uñas y dientes si querían salvar la vida y la cordura.

Y posiblemente fuera cierto.

Entramos todos en la cueva.

Oscuridad. Sonido de agua, no demasiado lejos. 

“¡Que nadie haga luz!”, grité de repente, recordando la leyenda que tantas veces había escuchado en los puertos: las Madres no soportan la claridad. Sus capullos se pudren como cáscaras secas si la más mínima luz llega a tocarlos. Yo no quería que nuestra cacería fuera en vano. No después de las muertes de Niven y Clara, los segundos al mando de la Argos. No después de verlos secarse como si fueran hojas de árboles en solo una noche y un día, consumidos por una enfermedad sin nombre. Todavía recuerdo sus gritos. Como si estuvieran clavados en mis oídos. Ninguno de los míos -ni siquiera los más viejos veteranos que conocían los mapas del Imperio como la palma de sus propias manos- había escuchado de una peste que momificara a un cuerpo vivo hasta convertirlo en jirones de cuero pegados al hueso.

Quizás fueron sus muertes las que me impulsaron a accionar el gatillo contra la criatura.

El motivo más antiguo de todos.

La venganza.

A pesar de la oscuridad, no tardamos en localizar el Nido. Los seudoapéndices táctiles insertados en mis botas suplieron mi ceguera momentánea. Sentí los cambios sobre la roca porosa de la cueva: textura de hierba - musgo rojo, tal vez-, y los residuos aun perceptibles de la saliva de la Madre.

Y ese rastro fue el que seguimos hasta encontrar la exacta localización del Nido.

Estaba oculto en el rincón más húmedo de la cueva, en un sitio donde ni la luz más insignificante se atrevía a entrar. El Nido era un amasijo de hierbas y secreciones. Asqueroso, pensé.

Luego, advertí la presencia de los huevos.

Eran quince en total. Los tanteé. Tres estaban perforados, completamente inservibles. No fue necesario que introdujera mis manos para saber que los fetos eran solo trozos de carne muerta.

Pero el resto de la camada estaba ilesa, y la cubierta de piel de los huevos vibraba con una energía que pronto saldría a la luz.

Hice un cálculo rápido: ocho millones de megacréditos por cada uno. Un pasaje de ida sin vuelta, para mí y para mis hombres, al viaje de lujo de la vida.

Con cuidado, colocamos los huevos en receptáculos de vidrio blindado que habían sido forjados con el único fin de proteger a la camada durante la travesía de regreso al Imperio.

Y retornamos.

Este ha sido nuestro primer y último viaje por aquel mundo de sabanas y bosques infinitos donde viven las Madres. Nada ni nadie me podrá obligar a volver allí. Ni por todos los créditos de la galaxia.

No. No es por temor al bloqueo espacial que la nube de asteroides que rodea a este planeta perdido le impone a las pocas naves que se aventuran a saltar en sus límites. Ni siquiera me importa la prohibición de los cartógrafos que han omitido a este mundo de sus mapas durante milenios, condenándolo a un olvido eterno. Yo, en su lugar, habría hecho lo mismo. Lo borraría no solo de las cartas de navegación del universo, sino también - si pudiera- de las lenguas y las mentes de los hombres que buscan aquí el Edén prohibido de sus padres.

La verdad es que tengo miedo de volver.

Miedo de perder mi alma y mi mente con solo mirar el rostro de otra de las tantas Madres que corren por los bosques de este mundo, y atraviesan desnudas los ríos con sus sonrisas venturosas, más allá del bien y el mal. No quiero terminar loco y suicida, ni momificado como Niven y Clara, ni que mis ojos tengan por un segundo el brillo asesino que hoy percibí en el de mis hombres.

Que todo esto permanezca en el olvido.

Así sea de hoy en adelante.

Cuando la Argos se alce de esta tierra y yo me vea a salvo con mi carga, daré gracias a los dioses de la vida y de la muerte por dejarme de este lado de la realidad.

Doce huevos: una camada única.

Soy un hombre bendecido. Bendecido y rico.

Una vez que pueda librarme de estos huevos seré también un hombre feliz.

Por ahora me conformo. Solo rezo porque la Argos me sea fiel y regrese pronto a casa. Que me lleve de vuelta a los brazos de las putas y a la cerveza amarga de los puertos. Que sus motores de salto no me fallen ni una vez...

...porque si las nuevas criaturas que aún duermen en los huevos como insectos sin vida llegaran a nacer a bordo de mi nave, entonces adiós a todo: putas, cervezas, créditos. Me veré obligado a abrir los ojos y contemplarlas en toda su belleza de bestias salvajes. La Argos no tiene tanto espacio como para escapar. Tendré que verlas. Frente a frente. Sin los árboles como escudo. Desnudas. Y tan hermosas. Presiento que entonces no tendré la fuerza suficiente para accionar el gatillo de un máser contra una de Ellas… ni siquiera sobre mi propia frente.

El suicidio no es el camino... La muerte no es el camino.

Ellas no me lo permitirán.

Yo, Silvan “El Pirata” Adus, tengo miedo.

Mucho miedo.


Cuento publicado en la revista de la Escuela de Fotografía Creativa de La Habana.

Escrito por ElaineVilarMadruga 07-11-2014 en Escritos para compartir. Comentarios (0)

                                                                                                           Revelado

                                                                                                 Elaine Vilar Madruga


… tomó la foto con mano temblorosa, como si fuera la primera vez que tocaba a una mujer o a un niño recién nacido. El miedo del iniciado en los misterios de lo trascendente. Casi arrepintiéndose, pero a la misma vez no podía evitar el impulso de oprimir el obturador y grabar para siempre aquella imagen del parque y los muchachos que gritaban y el chiquito de la pierna herida por un rasponazo y el gorrión idiota sobre un banco y el tirapiedras en la mano de alguien y la piedra que volaba por el aire rumbo a la cabeza del gorrión y el grito estridente de una abuela (niño no hagas eso) y la cartera abandonada y el pan de la merienda a medio comer y los columpios más altos que dios y una rubiecita de motonetas que levantaba las manos para probar su cobardía y otra abuela alzándose la saya para buscar una hormiga inexistente y una hormiga que caminaba con su carga hacia un lugar muy lejano.

Luego, pasó el instante, pero en la fotografía se había quedado ese mundo, ese fragmento de mundo que se extendía más allá de lo real.

Reveló la foto con mano temblorosa, como si fuera su primera vez. Se sentía algo mareado, con náuseas. En el cuarto oscuro se extendía un silencio que era un poco densidad y un poco suerte. Luego esperó, esperó, esperó.

Esperaba ver la foto: la anhelada. El instante aquel que había logrado congelar para siempre. El instante que le había arrebatado al tiempo.

Allí estaba la imagen, el momento, los muchachos que gritaban, las abuelas, la piedra, el gorrión, las hormigas, la niña de las motonetas, las carteras abandonadas, el pan, los columpios: todo.

Y después la foto fue otra cosa.

Movimiento. Espasmo. Profundidad. Volumen.

Un gorrión diminuto pió desde el papel justo en el segundo en que la piedra lo alcanzaba y un chirrido de sangre se diluía encima de las manos del fotógrafo. Entonces fueron los gritos, la abuela mordida por una hormiga inexistente, la niña rubia de las motonetas aferró con sus manos el vacío justo antes de caerse, alguien pisó una cartera abandonada, alguien guardó un tirapiedras en el bolsillo, alguien chilló su dolor al sentir la herida en las rodillas. Los columpios se alzaron incluso más arriba hasta salir del papel y tocar el rostro inclinado del fotógrafo que aún tenía un dedo manchado por la sangre del gorrión, ese que todos pensaban muerto, solo que entonces alzó el vuelo de la foto, arañó la cara del fotógrafo y, ya desesperado, voló entre el resto de los negativos, chocó contra las paredes del cuarto oscuro y aleteó aleteó aleteó como un idiota.

20 de septiembre de 2013


Resumen curricular

Escrito por ElaineVilarMadruga 07-11-2014 en Elaine Vilar Madruga. Comentarios (0)

Elaine Vilar Madruga (La Habana, 3 de abril de 1989)

Narradora, poeta y dramaturga. Estudiante de Dramaturgia del Instituto Superior de Arte. Graduada de Nivel Medio de Música en la especialidad de guitarra clásica. Graduada del XI Curso de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Miembro de la AHS. Coordinadora y fundadora del Taller de Literatura Fantástica Espacio Abierto. Entre sus premios se encuentran: mención en el Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA- Casa de América 2007, ganadora del Decimosegundo premio “Indio Naborí 2008” de décima. Mención Especial del David 2009 de poesía y del Calendario (ciencia-ficción 2006, poesía y narrativa infantil 2009), ganadora del Premio Extraordinario del Concurso Internacional “Garzón Céspedes” 2008, Segundo Premio de Cuento Juventud Técnica (2008, 2009, 2012 y 2013), Premio Internacional de Poesía Fantástica Minatura 2009, Caballo de Fuego de poesía 2009, de la Beca de creación La Noche 2010, Primer Premio del Concurso Internacional de Cartas de Amor 2010 “Escribanía Dollz”, del Premio Farraluque de Poesía Erótica (2011 y 2013), mención del Luis Rogelio Nogueras de ciencia ficción 2010, Premio de Poesía Especulativa “Oscar Hurtado 2011”, Segundo Premio Internacional de poesía mitológica “Evohé La Revelación 2011”, mención en el concurso de poesía Benito Pérez Galdós 2011, Primera Mención del Premio Colateral Nuestro Tiempo del Concurso de Cuento “Ernest Hemingway 2011”, finalista del I Certamen Internacional de Relato Fantástico “Descubriendo Nuevos Mundos”, en la categoría de relato largo; ganadora del Segundo Premio del III Certamen Internacional de Poesía “El mundo lleva alas”, mención del XVI concurso literario Ciudad del Ché de poesía, Premio Especial de monólogo teatral hiperbreve del certamen “Garzón Céspedes 2011”, Premio de Dramaturgia Elsinor 2012, Mención en el concurso Celestino de cuentos 2012, Accésit del II Concurso Internacional de Novela Oscar Wilde 2012, Premio (modalidad de castellano) del I Certamen Internacional de Cuentos Infantiles Carmen Ros 2012, Primera Mención del Concurso de Cuento “Ernest Hemingway” 2012, Mención honrosa del Concurso Hispano-Americano de Poesía "Gabriela 2012", de poesía de temática amorosa, Segundo Premio Internacional de Tanka Grau Miró 2012, Premio del IV Concurso de Glosa Jesús Orta Ruiz 2012, Premio de cuento breve para adultos de los XI Juegos Florales del Tercer Milenio 2012. Además, conquista los Premios Internacionales del certamen “Garzón Céspedes” 2012 de microficción dramatúrgica, soliloquio teatral hiperbreve, monólogo teatral hiperbreve, y monoteatro sin palabras hiperbreve. Obtiene el I Accésit Thalía de Dramaturgia del Certamen Internacional de Teatro AIREL ART(E) T(H)EATRO XXI del año 2013, por la obra Alter Medea.

En el 2013, alcanza el Premio Calendario de ciencia-ficción, con la noveleta Salomé, y el Premio Calendario de literatura infantil y juvenil, con el libro de cuentos Dime, bruja que destellas; así como el Premio Pinos Nuevos de Narrativa, con el texto La hembra alfa. Ganadora del Primer Premio Internacional de poesía “Mil poemas por la paz de Colombia 2013”, Premio Nacional de poesía “El árbol que silba y canta 2013” yGran Premio Hispanoamericano “Décima al filo 2013”.

En el 2014 obtiene el Premio del II Certamen Internacional de Poesías “Malvinas ayer, hoy y siempre”, así como el Premio Nacional e Internacional de la VII edición del certamen dramatúrgico “La escritura de las diferencias”, por su texto teatral El árbol de los gatos.

Ha organizado los Eventos Teóricos de Arte y Literatura Fantástica “Behíque 2009”, así como las dos ediciones de “Espacio Abierto 2010, 2011, 2012, 2013 y 2014.” Co-editora de la revista de literatura de ciencia- ficción y fantasía cubana “Korad”.

Conduce el espacio Punta de Flecha, dedicado a la promoción y la crítica de los jóvenes escritores, y el diálogo con los procesos culturales contemporáneos.

Ha publicado la novela Al límite de los Olivos, Editorial Extramuros 2009; La hembra alfa, Editorial Letras Cubanas 2013; Promesas de la Tierra Rota, Editorial Gente Nueva, año 2013; Salomé, Casa Editorial Abril, 2013, Dime, bruja que destellas, Casa Editorial Abril, 2013 y Alter Medea, Antares Publishing House of Spanish Culture, Canadá, 2014.

También ha compilado y prologado Axis Mundi: antología de cuentos cubanos de fantasía, Editorial Gente Nueva 2012 e Hijos de Korad: antología del taller literario Espacio Abierto, Editorial Gente Nueva, año 2013.

Su obra ha sido publicada en diversas antologías en España, Inglaterra, Italia, Venezuela, Argentina, Uruguay, México, Estados Unidos, Chile, Brasil, Puerto Rico, Australia y Cuba. 

Cultiva los géneros de novela, cuento, poesía, literatura fantástica y de ciencia- ficción, teatro y literatura para niños y jóvenes.