Elaine Vilar Madruga, escritora/author

Espacio de promoción, literatura y pensamiento.

"...el verso: animal transparente. Escudo." Porque también mi esencia es la del árbol.

De mi libro (aún inédito) "Los óleos del tiempo". Poesía especulativa, que es lo mismo que decir de ciencia-ficción y fantasía.

Escrito por ElaineVilarMadruga 01-12-2014 en Escritos para compartir. Comentarios (0)


Los óleos del Tiempo

Elaine Vilar Madruga



Antes tuve el rostro de un dios sobre mi rostro,

acaso la palabra que nadie conocía

para bordarme la certeza del camino.

Ya no.

Me he perdido en el viaje de los pecios

que navegan sobre los ríos del Tiempo,

en saltos a través de dimensiones

como abanicos de plumas.

Soy vieja.

Sólo yo controlo las rutas de regreso a casa,

donde quizás me esperen los santuarios

de la anciana Tierra

-¿existirá aún?-,

o el silencio.

Prefiero quedarme de este lado,

sumergida en los óleos del Tiempo

como la breve hoja que no soy.

Prefiero quedarme embalsamada

entre los pliegues del cosmos,

conocer la respuesta y el enigma

de tantas estrellas innombrables,

la insólita música de aquellos que

-como yo-

quedaron atrapados

dentro de los ojos

del último dios clarividente.



8 de febrero del 2010.


PARA VIAJEROS (III)

Escrito por ElaineVilarMadruga 01-12-2014 en Pensamiento. Comentarios (0)

Para viajeros (III)


De vuelta a casa. Te acostumbras a las cosas que no veías. A la sonrisa de los amigos. A los abrazos siempre demasiado apretados. Riegas las maletas por el suelo y piensas que mañana dios proveerá porque siempre ha sido así. Pero no tienes fe, y no crees, y no piensas. Cargo, luego existo. Compro, luego existo. Viajo, luego existo. A eso se ha limitado todo.

¿A eso se ha limitado todo?

Mañana —lo sabes—volverá a ser un día cualquiera.

Las luces de tu país se apagan. No se apagan. Vas caminando por las calles y extrañas cosas… las más ridículas… las inocentes cosas del cotidiano. Sufres por no saber. O por saber. Y eso da igual, porque al fin y al cabo —piensas—dios proveerá como ha hecho cada día de tu vida.

Piensas en el concepto de catarsis. Escribes en tu blog. El Internet se te hace cada vez más difícil. Te despides del Facebook y el Skype. Te despides del Gmail, pan nuestro de cada mañana y vuelves a lo cotidiano irreversible, la condición del agua por todos lados… a eso que conoces.

Bueno, también piensas… por supuesto.

Llevas una semana en tu tierra. Estás sentada en el Malecón. Pero no miras hacia el mar sino hacia tierra adentro.

El mar crece de este lado de la tierra.

Pero no, no vas a ahogarte.

Aprendes a nadar.

Algún día aprenderás a nadar.

Dios ayuda a los cobardes y los niños.

Dios ayuda a los escritores.

Dios ayuda a quienes escriben en blogs.

Eso es un consuelo.


30 de noviembre del 2014.


Para viajeros (II)

Escrito por ElaineVilarMadruga 17-11-2014 en Pensamiento. Comentarios (0)

No podía irme sin ver la nieve. Es la segunda vez que la imagino. Es la segunda vez que la conozco. Ayer, en la calle, el asombro blanco cayó sobre mi cabeza y pronto ya no importó sentirme ajena, extranjera, mujer de otro país. Importaban las historias de mi infancia, el muñeco de nieve que nunca hice, el paseo en trineo, el árbol de navidad que en casa siempre se camuflaba con algodón de la farmacia y sueños de mi madre. 

En mi país, la nieve no importa. Existen otras cosas, otros mundos. Una manera distinta de mirar el sol. Ni mejor, ni peor. Simplemente diferente.

Ahora, bajo la nieve, extraño también el calor de Cuba.

Y me pregunto si los niños de acá soñarán con un sol distinto, más fuerte, más vivo... el sol de las playas que aún no conocen. 

Dejarte amar III

Escrito por ElaineVilarMadruga 17-11-2014 en Poesía. Comentarios (0)

                                                                                         Dejarte amar III

                                                                                     Elaine Vilar Madruga


Me he asomado al lodo vidrioso de los ríos.

Entonces supe que era Ofelia,

y la muerte en mi pómulo

una larva abatida de la incógnita:

ser o no ser,

  y el sargazo impávido

del vientre de las bestias

una escupida de dios para mostrarme

que he tragado la eternidad,

  buche a buche,

con el hábito fértil de la espera.

Donde otros descubrirán la herrumbre

yo pongo las flores azules del ahogado.

El grano vendrá a sembrarse

en mi mejilla como la pregunta a dios

que otros podrán responder

cuando sepan que soy Ofelia:

míos todos los maderos imposibles

a los cuáles pude asirme,

  pero no.

El esqueleto de las aguas

era una espiral demasiado portentosa

para negarme a beber lo eterno de su carne,

y esta pantomima de fingirme muerta

una parte más de la máscara que llamo rostro.

.

Esta incredulidad que otros leerán en mis manos

es nada más que un insulto a los escribas

y a sus manías de animales sumergidos.

Sepan todos que yo tuve la promesa de un rescate,

el juego de las improbabilidades

abandonándome en el segundo

en que el aire fue agua,

  y nada más.

Yo esperaba la luz,

  el rumor de la mano conocida

arrastrándome a los márgenes de la historia,

no sabía que la eternidad era persistente

y se introducía en mis palabras como un naufragio premeditado.

Sepan todos que esperé

como se espera al animal milagroso de los incrédulos.

Sepan todos que esperé

la incoherencia de lo eterno,

con la manía lógica de las bestias

que no saben dejar de amar.  


23 de junio de 2010


A Star is born, de mi libro "La hembra alfa".

Escrito por ElaineVilarMadruga 17-11-2014 en Escritos para compartir. Comentarios (0)

                                                                                                         A Star is born

                                                                                                       Elaine Vilar Madruga

                                                                                                             A Arianni y Amanecer, por supuesto. 

Se había obsesionado con la música.

Con hacer algo único. Irrepetible.

Cuando era niño, sus padres lo sentaban frente al violín, con un pedazo de pan y un vaso de agua que debían durarle hasta el fin de la lección.

Sus padres querían un genio. Un niño genio.

Un Mozart. Y si no, al menos un Beethoven, un Satie, un Bach.

Virtuoso y genio.

El mejor de los violinistas nacidos en este mundo y en las próximas ocho realidades alternativas.

Él se esforzó. Realmente lo hizo. Estudiaba no dos horas, sino cuatro, frente a aquellas cuerdas de violín que se negaban a ser violadas. Se esforzó, hasta que le salieron callos en el cuello, en los dedos y hasta en las nalgas.

Con el paso del tiempo – tras años y años de práctica- se convirtió en un violinista. Mediocre. Graduado de la academia. Miembro de una orquestica de cuerdas que ensayaba en las afueras del pueblo. Y nada más.

Llevaba una vida patética.

Su única compañía era un gato tuerto, cuarenta partituras de diferentes compositores y ocho tratados sobre morfología musical.

Fue entonces que le llegó su momento.

El momento por el que había esperado toda la vida.

Una mañana como otra cualquiera, el director de la orquestica de cuerdas le entregó un manojo de pentagramas y le dijo, casi en broma: Va usted a estrenarme esta pieza.

Aquella noche, en la soledad de su cuarto, el violinista tuvo un ataque de pánico, abrazó al gato de tal manera que casi lo asfixia, regó las partituras por todo el suelo, agarró el atril, enganchó el manojo de pentagramas que el director le había entregado y se decidió a tocar, y a tocar, y a tocar. Insistentemente.

Pronto supo que su talento era una brizna de hierba dentro de un bosque inmenso.

El momento por el que había esperado toda su vida iba a escapársele entre las manos.

Tenía el violín, su persistencia y deseos de tocar, pero aquello no era suficiente.  Ni siquiera extraordinario. Estrenaría la pieza, y recibiría –cómo no- algunos aplausos de las viejas solteronas que asistían cada domingo a los conciertos, cuando más la sonrisa tolerante de los otros músicos a su alrededor. Su momento de gloria duraría exactamente ocho minutos, y luego toda su vida volvería a condensarse a las cuatro paredes de su habitación, al busto de yeso de Beethoven que había colocado en una mesa de noche y al gato bizco que no entendía ni carajo de música.

Era preciso que encontrase alguna manera de alcanzar lo extraordinario, la sombra esa de la genialidad de las que tantos teóricos habían hablado en las biografías y los documentales.

La idea le llegó de repente.

Un lapsus de genialidad, inspirado sin dudas por la presencia de Beethoven que, desde el busto de yeso, lo miraba con sus ojos eternos.

Aquella misma noche, tomó el cuchillo de la cocina.

Fue rasgándose la piel del vientre con mucho cuidado.

Detenía la hemorragia con un trapo rojo.

La carne cedió a los pocos minutos. Él dejó que colgara, apenas sostenida por unos pedazos de piel, bien pegada a la ingle.

Se hizo necesario sacar algo de la grasa, y un poco de epidermis, para que dentro de su vientre hubiera espacio de sobra.

Siempre con cuidado, desprendió las cuatro cuerdas del violín y luego fue colocándolas – agarradas por tiritas de piel- dentro de la cavidad. Tensó las cuerdas, afinó con suma precisión y tomó el arco.

La posición era completamente nueva para él, y algo incómoda, pero el esfuerzo valía la pena.

Durante más de ocho días, se abrió la herida cada noche para ensayar el concierto y, después de varias horas, volvía a cosérsela.

Ni siquiera sentía demasiado temor cuando llegó el momento del estreno.

Era uno de esos domingos patéticos de concierto, a los que solo asistía la gente más aburrida del pueblo, los borrachos trasnochados y aquellas viejitas que parecían todas un clon de la misma vieja, repetidas hasta el infinito en los detalles de las sombrillas, los pañuelos, los achaques, las manías.

Cierto: a veces, el violinista sentía cómo le temblaban las manos, cómo el sudor le resbalaba por las nalgas y se concentraba en los pliegues de grasa. Pero, en general, estaba calmado.

Aquel iba a ser el mejor momento de su vida. Por el que había esperado siempre.

El director alzó la batuta.

Muy lentamente, el músico fue quitándose las pinzas que sostenían la carne de su vientre, sacó el arco, afinó las cuerdas ante la mirada de asombro (o de incredulidad) del director y comenzó a interpretar su solo, más que divinamente.

Hacia el final del concierto, una de las cuerdas cedió.

Las tiritas de piel habían soportado demasiada presión.

Del vientre del músico comenzó a fluir un río de sangre.

El director ordenó un silencio inmediato. Las viejitas gritaban. Todos corrían. Pero él no dejó de tocar.

Todavía le quedaban dos minutos de esplendor absoluto, de la sombra de la genialidad que había logrado asir al menos una vez en la vida.

Lo llevaron al hospital. El diagnóstico fue certero: infección aguda, peligro de muerte por pérdidas masivas de sangre.

A los dos meses, fue dado de alta.

Los principales conservatorios, teóricos musicales y hasta los medios de difusión masiva lo esperaban como las moscas a punto de caer sobre el dulce.

Hoy, alrededor del violinista, se reúnen las jóvenes promesas del mundo musical, que vienen desde tierras bien lejanas a nutrirse del Maestro. Aprenden nuevas técnicas de afinación corporal, ensamblaje de cuerdas en tiras de carne, además del oficio de luthieres de vientre y especialistas en transfusiones.

El pueblito se ha convertido en la Meca de la música contemporánea a escala mundial. 

A él lo llaman el nuevo Mesías, el renovador y transformador de las técnicas instrumentales. Lo comparan con Beethoven y con Mozart, y varias instituciones y conservatorios se disputan su nombre para crear nuevos centros de formación de violinistas, chelistas y violistas corporales.

Los titulares de los periódicos proclaman: HA NACIDO UNA ESTRELLA. A STAR IS BORN, y aplauden como locos cada vez que, en los escasos conciertos que el Maestro ofrece, una cuerda cede y el reguero de sangre salpica a las primeras filas de los espectadores.

Al fin y al cabo, es la sangre de un Genio.

22 de febrero de 2012